Diatriba contra intelectuales amargados

Me desconcertaba que se le tuviera por “libro de culto”, así fuera entre los hippies.

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Gerardo Laveaga 07/02/2014 00:00
Diatriba contra intelectuales amargados

¿Qué se propuso Hermann Hesse cuando escribió El lobo estepario? Más tardaron los críticos en elogiar su novela, cuando ésta se publicó en 1927, que él en desmentirlos: se le interpretaba mal, refunfuñó. La leí hace años y —lo admito— no comprendí ni los saltos entre realidad y fantasía, ni el mensaje final. Me desconcertaba que se le tuviera por “libro de culto”, así fuera entre los hippies.

La película (Der Steppenwolf, 1974), protagonizada por Max von Sidow, me resultó estridente, rayana en lo grotesco. No abonó a mi comprensión del texto: ¿Harry Haller era un sujeto que padecía alucinaciones o, más bien, un infortunado intelectual rodeado de locos e idiotas? ¿Hess se burlaba de su personaje o estaba denostando a una sociedad “poco espiritual”? Me quedé con esta última interpretación.

Recientemente volví a leer el libro y me incomodó no haber logrado descifrar un mensaje tan sencillo: Hess arremete contra aquellos petulantes que se sienten superiores intelectualmente al resto de los mortales y les propone sexo, baile y drogas para salir de su ensimismamiento. Nada más.

Recordemos el argumento: el erudito Harry Haller (que tiene las mismas iniciales que el autor) está harto de la vida y de “la mediocridad” de las personas que le rodean. Tanto, que suele dar vueltas a la idea del suicidio: ¿para qué permanecer en un mundo, donde nadie es capaz de comprender su genio? A quienes tratan de ser gentiles con él, los desprecia e insulta. Ha pensado que, en cuanto cumpla 50 años, edad a la que se aproxima, se cortará las venas. Un día se halla con un misterioso que le entrega un cuadernillo —el Tractat del Lobo Estepario— en que se le explica cómo, dentro de una misma persona, pueden convivir un hombre y un lobo.

Más adelante, este sujeto le sugiere ir a un bar, donde conocerá a una prostituta que le devolverá las ganas de vivir, apelando a los placeres básicos. Ella le presentará a un saxofonista que le hará ver que el jazz es tan importante como las elaboradas sonatas de Bach. Pero lo más importante: le convidará algunas drogas que le permitirán liberar al lobo que lleva dentro.

Luego de un viaje alucinante que —ahora lo entiendo— sólo se puede emprender con el auxilio de estas sustancias, Heller logrará hablar con Mozart (ya antes había conversado con Goethe), quien le confirma que su pedantería lo hace poco apto para vivir en sociedad. A ésta
—como lo intuyó Goethe y lo explicó Freud— le conviene “domesticar” no sólo a los lobos sino a todas las bestias que cada uno de nosotros lleva dentro, sin que por ello haya que aniquilarlas por completo.

Haller tiene algo del Quijote —que es un ridículo clown y no el héroe idealista, por más que algunos españoles pretendan venderlo como tal—, y algo del Scrooge de Dickens. Pero, a diferencia de este último, que reacciona ante la idea de que todos acaben aborreciéndole, Haller se despabila ante la obviedad de estar perdiéndose lo mejor de la fiesta.

Haller es, después de todo, un neurótico —como lo fue Hesse y lo son muchos de los académicos que todos conocemos—, quien vuelve a nacer a través del sexo, las drogas y la comprensión de que su narrativa del mundo, por más que vaya disfrazada de superioridad intelectual, es una impostura de la que deben deshacerse quienes anhelen disfrutar lo que éste brinda.

Ante lectura tan simple, de pronto comprendí por qué El lobo estepario tiene el sitio que tiene en la Literatura.

Twitter: @GLaveaga

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