Diderot

La mejor manera de aproximarse a él es leer su obra y también sus biografías.

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Gerardo Laveaga 24/01/2014 01:59
Diderot

A Valeria López Vela

Suelo ser atento a los aniversarios de mis autores predilectos pero confieso que, en esta ocasión, no reparé en que el pasado 5 de octubre se cumplieron 300 años del nacimiento de Denis Diderot (1713). Tuve que descubrir su efigie en la portada de Le Magazine Littéraire para recordarlo.

Diderot fue un pensador materialista, ateo, un filósofo moderno en la más amplia acepción del adjetivo. Su aliento subversivo —radical, en comparación al de Camus, de quien nadie olvidó su centenario en 2013—, constituye una referencia obligada para descifrar el mundo de hoy. Renunció deliberadamente a una vida burguesa y, mientras Voltaire se movía dentro del establishment para denunciar fanatismo e intolerancia, él hizo lo propio en otros sectores.

La mejor manera de aproximarse a él es leer su obra, desde luego: Carta sobre los ciegos, El sobrino de Rameau, Jacques el fatalista, La religiosa… Pero, también, sus biografías. En este caso, recomiendo la de Raymond Trousson, que publicó Acantilado en 2011. Se trata de un sugestivo retrato intelectual del principal impulsor de L’Encyclopédie, ese trabajo colosal que pretendió explicar el mundo y que iba de la existencia de Dios hasta la receta para elaborar café. Todo esto, aderezado con ingentes dosis de espíritu revolucionario.

Otro modo de entrar en contacto con él son los estudios monográficos. Dos muy recomendables, ambos escritos por Philippe Blom y ambos traducidos por Anagrama, son Encyclopédie (2004) y Gente Peligrosa (2012). Ofrecen un fresco de la ilustración europea, donde figuran D’Holbach, Stern, Hume, Beccaria y hasta Adam Smith. Pero es Diderot quien constituye el eje de los libros.

Si se me permite la sugerencia, sin embargo, creo que la forma más amena de conocer al Philosophe heureux, que siempre se rehusó a usar peluca y acabó en la miseria, es la novela. Y, en La filósofa (Salamandra, 2006), Peter Prange introduce a Diderot a través de Sophie Volland, su amante. Por vomitar antes de recibir su primera comunión, la niña proporcionó el pretexto a la Iglesia católica para que su madre, practicante de la herbolaria, fuera condenada a la hoguera.

Años después, la huérfana se traslada a París y consigue empleo como mesera en el café Procope, donde conoce a Diderot y a un policía de medio pelo, con quien acaba casándose. Este, sin embargo, es impotente. Sophie lo abandona para iniciar un romance con el filósofo. A su lado, no sólo descubrirá los límites de la pasión sino que se involucrará en la turbulenta redacción, publicación y distribución de L’Encyclopédie.

Aunque el confesor  de la reina y los jesuitas harán lo posible por detenerla, la Enciclopedia contará con el apoyo de la amante de Luis XV, Madame Pompadour, así como del director de la biblioteca del reino. Esto no evitará que Diderot pase una temporada en la cárcel y acabe renunciando a sus pretensiones literarias, si bien no a su lucha contra la corrupción y el abuso de los poderosos.

En la novela aparecen Rousseau, con sus resentimientos y su incontinencia urinaria; D’Alambert, con su falta de carácter, y otras figuras que, en torno a Diderot, contribuyeron a despertar a la sociedad de su letargo: convertirla en interlocutora obligada.

A la Ilustración siguió la Revolución y un cambio de paradigma, donde comenzó a considerarse que no podía existir una sociedad sana sin garantizar la igualdad y el respeto a los derechos humanos. La filósofa es el retrato de una época, cierto, pero, también, el de un gigante de la Ilustración.

Twitter: @GLaveaga

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