La gruta del Toscano

Ignacio Padilla es el mejor estilista de su generación.

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Gerardo Laveaga 27/12/2013 00:40
La gruta del Toscano

¿En qué corriente podría ubicarse una novela donde se descubre, en Nepal, la cueva en forma de cono invertido de la que Dante nos habla en la Divina Comedia y miles de zarigüeyas luminosas acaban devorando al mismísimo Lucifer? Si, además, el nihilismo es “bullicioso”; la alegría, “crepuscular”; la tristeza, “paquidérmica” y el desamparo, idéntico al de “un manatí arponeado”... ¿podría situársele en otra que no fuera el realismo mágico?

Ignacio Padilla asegura que no es así: que él está lejos de este movimiento y, para corroborarlo, ha firmado manifiestos donde se desliga de él. Ha llegado al extremo de aseverar que el realismo mágico no existe. Que nunca existió. Pero quien lea La gruta del Toscano (Alfaguara, 2006), descubrirá que miente.

Padilla es un narrador de imaginación deslumbrante; un erudito que se vale de malabares y juegos de palabras para filtrar, de contrabando, sus abundantes conocimientos. Por añadidura, el mejor estilista de su generación que, dicho sea de paso, es la mía. Pero esto no lo libra de ser un realista mágico. Quizás el último de ellos en América Latina.

De principio a fin, La gruta del Toscano es una pequeña obra maestra. Cada palabra fue elegida con atención. Cada frase, pulida con esmero. La historia comienza cuando el capitán Reissen Mileto abandona una compañía de fusileros para explorar la entrada de la cueva, que en su dintel incluye los célebres versos de Dante… aunque en sánscrito.

Las incursiones a la caverna se suceden a partir de entonces: un jesuita, un general, el corneta Lucas Gleeson —que hace el descenso en globo aerostático—, así como un grupo de chinos, lo intentan con mayor o menor éxito. Son dos miembros de la cordadada de Werner Ehigen quienes, al final, lograron alcanzar el fondo y tomar una fotografía al cadáver de Satanás.

La estructura en la que se apoya Padilla es formidable. A la manera de Gerard de Nerval, en Sylvie, desafía al lector desde el primer instante y le obliga a armar un rompecabezas con los tiempos: ¿Qué fue primero y qué después? De una expedición va a la anterior y, luego, saltando tres, llega a la quinta para regresar a la primera.

Como eje entre todas ellas está el sherpa Pasang Nuru, que se da tiempo para ser contrabandista de esmeraldas y guía de turistas en África. Es un hombre que posee el don de las lenguas y está cansado de vivir: “Por un tiempo… creyó que la muerte lo hallaría así: bien dispuesto, aguardando impávido a que ese garfio de sombras lo enganchara de una buena vez y se llevara su alma a horcajadas de un monzón. Pero una tarde la sombra alcanzó la tienda y pasó de él como si no existiera”.

Será una periodista de la BBC la que reconstruya la historia y nos ayude a entender su secuencia. En el ínterin, un grupo de marineros violará a Lucas Gleeson, cuando lo sorprendan vestido de mujer, y el profesor Lothar Seigneur envenenará a sus zarigüeyas luminosas cuando descubra que éstas van a ser utilizadas para alumbrar el camino de unos improvisados espeleólogos.

No se puede leer La gruta del Toscano, en suma, sin confirmar que se escribe y se lee literatura por un solo motivo: el placer de encontrarnos y reencontrarnos con el lenguaje. Da igual si nuestros autores predilectos se enorgullecen de ser lo que son o, como Ignacio Padilla, se avergüenzan de serlo.

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