Presunciones

COMPARTIR 
Gerardo Galarza 03/08/2014 00:37
Presunciones

A los mexicanos nos gusta presumir. Lo que sea, pero presumir. ¡Como México no hay dos!, ¡México lindo y querido..! ¡…oh tierra bendita de Dios!, gritamos y cantamos. ¿Por qué carajos no íbamos a proclamar que la guerra de facciones políticas de inicios de la centuria pasada fue la “primera revolución social del siglo XX”?

Por supuesto que “la primera revolución social del siglo XX” no podía más que producir la Constitución Política más avanzada del mundo, según se nos enseñó en la escuela primaria. Y sí, es probable que para 1917 los postulados y derechos consagrados en la Constitución promulgada en Querétaro hayan sido los más avanzados de su época. Lo peor fue que casi un siglo después son muy pocos los postulados, derechos y obligaciones constitucionales que se cumplieron. Hay de ellos, es decir, muchos, ya ni siquiera existen en su redacción original gracias a centenares, casi un millar, de cambios, modificaciones y reformas a prácticamente todos sus 136 artículos.

El problema de los postulados, derechos y obligaciones constitucionales no son sus reformas que la han cambiado; el problema es que casi nunca se han cumplido a cabalidad. En otras palabras, los mandatos constitucionales originales y los reformados no han servido para mucho que digamos.

Hoy el escribidor no niega que es parte de los ciudadanos creyentes que su país necesita de reformas que garanticen a todos los mexicanos una mejor calidad de vida, lo que a su juicio implica alimentación, salud, educación, empleo, seguridad, uso y goce de infraestructura de todo tipo, libertades, derechos y sus obligaciones correspondientes, transparencia y rendición de cuentas en todos los niveles de gobierno; en resumen, vida digna como dicen algunos.

No es un secreto y nadie puede llamarse a engaño, que desde hace por lo menos dos décadas y media se comenzó a hablar de las necesarias “reformas estructurales” para la modernización del país. Desde entonces, hay quienes las suponemos necesarias y hay quienes se oponen a ellas, en un ejercicio que aparenta ser o al menos cumplir en la forma con un sistema democrático. Habrá que reconocer que desde 1988, el Congreso de la Unión no es ya aquel de la aplanadora priista, el del “carro completo”, el de “de todas, todas”.  El de México, es cierto, no tiene el mejor ejemplo de Poder Legislativo (hay que ver los desfiguros, ridiculeces, corrupción y demás de muchos de sus miembros), pero desde aquel año no ha existido la aplanadora del PRI; desde entonces ha sido necesaria la negociación política para obtener esa mayoría que, de acuerdo con la teoría, es la que triunfa en una democracia. Y sí se ha ejercido, a favor y en contra. Sólo hay que recordar que todas las reformas estructurales que ahora han sido aprobadas por diputados y senadores mexicanos habían sido propuestas en sexenios anteriores, pero la falta de negociación y, en muchas ocasiones, la mezquindad política, las impidió.

Y, bueno, así como no puede negar su creencia en la necesidad de todas las reformas que se han aprobado en los años, meses y días recientes y también su apoyo, hoy debe expresar su preocupación y temor porque esos cambios sean de los que decían que recomendaban en la célebre novela El gatopardo, de Giuseppe Tomasi di Lampedusa: “Se vogliamo che tutto rimanga come è, bisogna che tutto cambi” (Si queremos que todo siga como está, necesitamos que todo cambie).

La presunción (al escribidor también le gusta presumir) nace de la primera de las reformas “estructurales, estratégicas” ya vigente y que en los hechos, se dice, ya se aplica: la educativa, aprobada por el Congreso en diciembre de 2012, promulgada en febrero de 2013 y vigente su legislación secundaria desde septiembre de 2013.

La Reforma Educativa ahí está, la situación educativa en el país sigue siendo la misma: los niños no van a clases porque los maestros están en las manifestaciones o en actividades de su sindicato o su corriente política; los maestros siguen cobrando sin dar clases; los profesores siguen cobrando en la SEP cuando son “comisionados” a actividades diferentes a las de su función de enseñar; los maestros “comisionados” siguen cobrando salarios de secretarios de Estado mediante el usufructo de varias plazas laborales sin dar clases; los gobiernos de Michoacán, Oaxaca y, por ende el federal, son rehenes o cómplices de la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación (CNTE), que se da el lujo de impedir los exámenes de certificación de los profesores para la obtención de plazas laborales; la SEP gasta dinero público, no presupuestado para eso, para que 50% de los profesores de Oaxaca y Michoacán presenten sus exámenes en… el Distrito Federal; en esos estados y otros como Guerrero, la CNTE impone que todo aquel que se inscriba en una escuela normal automáticamente obtenga una plaza de trabajo, sin siquiera certificar sus conocimientos; los gobiernos de esos estados permiten la violencia y el vandalismo de quienes son maestros porque así cobran en el erario, a través de la SEP.

Olvidemos, por hoy, los contenidos de la instrucción académica mexicana; los contenidos educativos, que les dicen.

La actual situación de la educación pública en el país es la misma que existía antes de la Reforma Educativa. La, que fue necesaria y urgente, Reforma Fiscal comenzó a mostrar ya sus hoyos negros; al parecer, presume el escribidor, pronto lo hará la Reforma en Telecomunicaciones...

¿En cuánto tiempo la necesaria, urgente, estratégica, estructural, modernizadora Reforma Energética mostrará el cobre cuando sea aplicada?

El escribidor insiste: la culpa no la tienen las reformas, sino quienes las aplican y las aplicarán. ¿Ya olvidamos el escándalo, el rasgamiento de vestiduras, por un lado, ya la explosión de júbilo y cohetones, por el otro, cuando se hizo la reforma al artículo 27 constitucional para cambiar la estructura y organización del sacrosanto ejido en 1992? ¿Qué pasó desde entonces? ¿Se consiguieron los objetivos de aquella tan polémica reforma? Es decir, ¿le sirvió de algo al país, a los mexicanos?

Por lo pronto, México podrá presumir de tener las reformas que eran tan necesarias, como siempre se lo gritaremos al mundo. ¿Habrá resultados? ¿Cuándo? ¿Para quiénes? ¿Nos pasará lo mismo que con la administración de la expropiación petrolera (¡ojo! ¡no confundir ni manipular!: su administración, no el acto expropiatorio) en la que los supuestos dueños del petróleo terminamos siendo deudores del sindicato petrolero?

Los hechos dicen que, presumiblemente, ahí le hablan signore Tomasi di Lampedusa.

 

Comparte esta entrada

Comentarios