¡Viva Nava!

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Gerardo Galarza 06/04/2014 01:18
¡Viva Nava!

Por aquellas noches interminables en La Corriente de La Fina.

 

En enero de 1991, el mundo y México eran otros mundos.

En Irak se desarrollaba la Guerra del Golfo Pérsico.

En México, Carlos Salinas de Gortari era Presidente de la República, Luis Donaldo Colosio era el dirigente nacional priista, Manuel Camacho ocupaba la jefatura del Departamento del Distrito Federal y el PRI se enfila a recuperar, dos años más tarde, la mayoría en el Congreso de la Unión.

En San Luis Potosí, las vidrieras de las tiendas mostraban carteles exhortando a orar por la paz del mundo y abajo, subterráneamente, no más de 150 ciudadanos —de todo el espectro político, incluidos muchos que no militaban en ningún partido, de lo que todavía se le llama extrema derecha hasta lo que se le sigue llamando extrema izquierda— negociaban para apoyar a una candidatura unificada a la gubernatura del estado.  Su agrupación tenía un nombre muy sugerente: Oposición Abierta. Sus reuniones eran, entonces, un poco confidenciales. Pero tenían muy claro que el único candidato que los unificaría se llamaba Salvador Nava Martínez, el último mexicano que ha dado su nombre a un movimiento político popular: el navismo.

El doctor Nava Martínez, oftalmólogo de profesión, médico de pueblo, entonces de 76 años de edad, no aparecía por ningún lado. Un día de esos llegó a San Luis Potosí. Venía de un tratamiento contra el cáncer de próstata, descubierto seis meses antes. Por pura cortesía recibió al escribidor en la sala de su casa. Lucía una boina vasca, que le daba un lejano aspecto al entonces famoso Saddam Hussein, para cubrir los efectos de la quimioterapia.

“Para esos días (los de las elecciones) es probable que yo ya sea minero” (muerto), respondió a la pregunta sobre su aceptación de una probable candidatura. Agregó: ya veremos, siempre off the record. En Oposición Abierta, en el PRI, en todos los partidos y todos los potosinos sabían que Nava aceptaría ser el candidato sólo si toda la oposición se pusiera de acuerdo. Pero, entonces el célebre grito de“¡Viva Nava!”, que significaba lo que se quisiera según el lugar, la hora y el modo en el que se gritara, pero siempre como reto opositor, ya comenzaba a invadir los terrenos juveniles y en las paredes públicas aparecían grafitis con una nueva versión: “Nava es el chido”.

Soberbios, como siempre, los priistas de entonces (ahora algunos se dicen de oposición) dijeron que la de Nava era una candidatura para los potosinos mayores de 35 años.  Además, lo calificaban de ser un candidato de la derecha, aunque el doctor Nava era más liberal que muchos de los que llamaban y se llaman“de izquierda”.

Creyeron entonces, junto con sus líderes Salinas de Gortari y Colosio, que el nombre de Fausto Zapata sería suficiente para vencer a quien dos veces los había derrotado oficialmente en las elecciones por la alcaldía de la capital potosina, apoyado por coaliciones opositoras, y ganador moral de una elección de 1961 a la gubernatura, propuesto también por el Frente Cívico Potosino, la organización que decidió ser la suya. Preso político, en el Campo Militar número uno de la Ciudad de México, por las protestas que desataron el fraude que los potosinos supieron que se había cometido en su contra.

En 1991, Salvador Nava Martínez volvió a ganar la voluntad de los potosinos. Ni Salinas de Gortari ni Colosio ni nadie del PRI aceptaron su derrota. Pero, Fausto Zapata no pudo gobernar ni siquiera una quincena: las mujeres navistas lo echaron y le impidieron la entrada al Palacio de Gobierno, mientras su líder caminaba, con una cincuentena de fieles seguidores, por la carretera federal 47 rumbo al Distrito Federal, al grito de siempre, para protestar por el evidente fraude electoral. Nunca llegó a la capital del país, vamos se quedó a 35 kilómetros de Querétaro, cuando Zapata tuvo que renunciar. Otra vez,  el doctor Nava derrotaba al PRI, sin triunfar oficialmente.

Cuando este escribidor le preguntó sobre qué le podía ofrecer un hombre de 76 años a los votantes jóvenes. Nava respondió con una palabra: justicia. Y explicó que la democracia sólo será posible el día que las leyes vigentes se cumplan cabalmente. Entonces, decía, habrá que debatir qué sigue…

“Pensé que me había casado con un médico y me resultó ¡político!”, le dijo doña Concepción Calvillo, la siempre esposa del doctor Nava, al escribidor en una entrevista periodística, cuando ella decidió seguir con la lucha del marido muerto como una continuación de la vida, la de ella, que siempre vivió.

Todo lo escrito arriba tiene una justificación simple: mañana lunes 7 de abril se cumplirán los 100 años del nacimiento del doctor Salvador Nava Martínez, un hombre, médico de pueblo, que demostró que es posible hacer política sin corrupción, sin doble discurso, con honestidad y con honradez… Es decir, hay mexicanos quienes todavía ahora son excepcionales.

Uno de sus fieles mayores, Jesús Juárez Portillo, compañero de sus luchas, decía que el doctor Nava se identificaba con una canción: El Rebelde, sí aquella que cantaba Jorge Negrete y cuya letra es atribuida al joven Octavio Paz, de quien se celebra también este año el centenario de su nacimiento.

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