Un lujo

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Gerardo Galarza 16/02/2014 01:55
Un lujo

Al escribidor no le gusta escribir de quien ha muerto y menos cuando éste es su amigo.

Esa reticencia viene, primero, porque sabe que el aludido no tendrá oportunidad de defenderse de ningún halago (porque generalmente siempre se escribe bien de quien nos han dejado) y, segundo, porque cree, de acuerdo con la teoría de Igor Caruso en aquel célebre libro La separación de los amantes, inevitable en las clases de Froylán M. López Narváez, que en estos casos el dolor es por uno mismo, el llanto es por el que se queda abandonado por el amigo.

Y  sí que duele perder a los amigos, a los compañeros de trabajo, de páginas. Primero fue José Emilio Pacheco, maestro él, ahora Federico Campbell, compañero en lides reporteriles y en largas noches de lectura de galeras en la antigua redacción de Fresas 13.

De esas noches viene el apodo aquel de Fede Erratas, que con ganas de joder lo transformamos en Fede El Ratas, pero también con ganas de volverlo personaje de novela policiaca o de la mafia siciliana, de las historias que escribió su admirado Leonardo Sciascia, a quien fue a buscar, encontrar, entrevistar y a volverse su amigo a Palermo para hacer La memoria de Sciacia, editado por el Fondo de Cultura Económica. Del segundo apodo, le decíamos que le daba presencia, imponía el respeto a cualquier malandrín por importante que fuera,  que debía de atemorizar a quien osara enfrentarlo. “Sí, verdad”, mascullaba el Fede y su risa no podía ser más sardónica.

Parecía tímido, parecía sin garbo; siempre tuve la impresión de que intentaba caminar como vaquero del viejo oeste y que hablaba como norteño para reafirmar y remarcar su origen tijuanense (escribió, por cierto, Tijuanenses). No. Federico ardía por dentro. Sus pasiones no las pudo ocultar: la literatura y el periodismo, la novela policiaca, el crimen y el poder, sus orígenes y su familia. Sí, le costaba trabajo hablar de ello. Por eso lo escribió.

Todos creímos que su fascinación por la lucha libre provenía de su infancia. Tal vez sí o no. Una buena noche, en un restaurante de plástico llamado Manix, que no existe más en la esquina de Insurgentes y Porfirio Díaz, frente al Parque Hundido, Campbell contó una historia maravillosa.

Él y sus amigos niños de Tijuana un buen día decidieron ser luchadores. De los de a de veras, de los que luchan domingo a domingo, los chidos. Y organizaron una función de lucha libre. Armaron un ring en un baldío y anunciaron la función en las calles de la colonia. Llegó el día y las luchas se desarrollaron conforme a los cánones. Luego, llegó el turno de Federico, contaba él mismo. Lo anunciaron y él no apareció en el ring; los chiflidos no esperaron, pero en ese momento álgido, Federico, enmascarado por supuesto y con una toalla como capa, apareció arriba de la barda, que protegía al ring, creyó que la luz lo iluminaba a él y saltó hacia la lona, “como El Santo”, decía... Quienes lo escuchábamos nos reíamos como nunca y le decíamos: ¡No jodas, no mames, pinche Federico estás mintiendo! No maestro, así fue, y decía maestro como sólo él lo ha dicho.

Haya sido como haya sido, ese día terminó su carrera en los encordados, pero no en la lucha libre. Su columna Máscara Negra, que se publicaba en periódicos de los estados, se convirtió en el título de un libro de ensayos al que se le añadió el subtítulo de Crimen y poder, publicado por Joaquín Mortiz. Sé que con Máscara Negra, Federico se refería a Black Mask, una revista mensual neoyorquina de los años 20 del siglo pasado, dedicada a la narrativa policiaca. Lo sé, pero me gusta creer que es por aquella noche tijuanense que nos relató con toda la seriedad en medio de nuestras irrespetuosas, quizá insultantes, carcajadas.

Máscara Negra está dedicada a sus hermanas Sarina y Silvia; a su familia. Un tema del que poco hablaba en corto, pero del que abrevaba su literatura: La clave morse, Los brothers, Todo lo de las focas y también Pretexta… al fin hijo de telegrafista, como García Márquez. “Que nunca fuera a trabajar para el gobierno le había pedido su padre muchos años atrás…” es el íncipit de esa última novela. Lo digo, porque el Fede también era experto en las palabras con que comienzan los grandes textos.

Hace dos años y un mes, Fede El Ratas me envió un mail con una nota obituario de La Estrella de Occidente, de Ures, Sonora, con fecha del 13 de enero de 1865, en la que se dio cuenta de la muerte en Huépac, del doctor Santiago Campbell, nacido en Virginia, muerto en Sonora y quien en el ejercicio de su profesión “hizo mucho bien a la humanidad”. A ese mail lo tituló “Estirpe”.

Hoy, copio sus palabras de su La hora del lobo: “Nos encantó combatir juntos, con nuestro mariscal de campo, durante treinta y cinco años. No ganamos ni perdimos. Quedamos empatados con la vida, que es una gran lucha perdida de antemano”.

CAMBIO DE VÍAS.- El escribidor y Sonia Morales, la dueña de La Estación, le envían un gran abrazo y un gran beso a Carmen y a Federico Jr. El Fede fue un lujo para nosotros y también para el país.

 

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