“Es la impunidad...”

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Gerardo Galarza 02/02/2014 01:25
“Es la impunidad...”

                Para Laura Emilia y su familia en esta muy mala hora. Sé que sabes que el mejor consuelo es que el mar “...te sale al encuentro por todas partes”.

 

Haber nacido en lo que los cosmopolitas llamaban un “pueblo rabón y bicicletero”, cuando este adjetivo era despectivo y no tenía el significado hipster que tiene hoy en la Ciudad de México, permite al escribidor tener recuerdos de visiones que puede describir en letra viva. Vivencias, se les decía. Y en verdad lamenta que éste no sea un ejercicio de nostalgia.

Desde el inicio de los sesenta, el escribidor recuerda cualquier domingo de cada semestre o de cada año, a la hora de todas las misas, el jardín principal de ese pueblo —“también tiene su zocalito”, decían los chilangos de entonces que iban por Semana Santa o Navidad— se llenaba de campesinos callados y desconfiados que portaban rifles o escopetas (desde entonces ha sido incapaz de distinguir entre armas) y hacían fila para llegar a una mesa donde un militar, decían que era un capitán, anotaba el nombre, el arma correspondiente y las balas que le mostraban. No vaya usted a creer que los niños andaban por ahí brincando, no, nada más veían y los detalles los contaban o los inventaban los padres o los mayores. “Son de la Revolución”, le dijeron al escribidor. “Pero, si la Revolución ya se.., ¿o no?”. Por eso, son los rurales. ¡Ah! Su padre también trató de tranquilizarlo: les revisan las balas, tienen que ser la mismas de la última vez que los revisaron. ¡Ah!

Luego, con el tiempo que siempre pasa, ese ritual desapareció o al menos al escribidor le pareció que desapareció. Hoy en pleno siglo XXI, en un país que es parte del acuerdo comercial (TLCAN), que tiene en sus manos casi 30% de la producción global; a 103 años del inicio de la guerra entre grupos políticos, a la que se le llama Revolución Mexicana, y a casi 94 años de la promulgación de la Constitución de este país, los rurales han resucitado.

Ese proceso de resurrección ha sido más sencillo que el de un milagro: el Estado mexicano —ciudadanos y gobernantes en un territorio son soberanía propia— ha sido incapaz de garantizar la seguridad colectiva, mediante su exclusivo uso de la fuerza pública, civil y militar. Por ello, ciudadanos presuntamente justicieros han decidido hacer justicia por propia mano contra los delincuentes impunes, calificados por ellos mismos.

El gobierno incapaz de reprimir (contener, es su primera acepción gramatical) a los presuntos delincuentes es también incapaz de controlar a los supuestos justicieros. Y para evitar lo que creen problemas mayores, los gobernantes deciden “legalizar” a quienes están hartos de él y contra el Estado de derecho, los que técnicamente son grupos paramilitares, similares a los “guardias blancas” de los años 60 del siglo pasado en Chiapas o a los ejércitos privados de muchos hacendados. ¿Qué pasaría si surgieran grupos de autodefensa en el Distrito Federal, digamos, por ejemplo, en Tepito, Iztapalapa, la colonia Buenos Aires o cualquier otra azotada por la delincuencia? ¿Los golpeadores del intento de desalojo de los edificios Gaona, enfrente nada menos que de la Secretaría de Gobernación, calificarían como autodefensas que presuntos ciudadanos hartos de la “injusticia” que no les resuelvan los juicios como ellos quieren?

Anteayer, ayer y hoy, la impunidad es la clave. “Es la impunidad...”, dirán que diría quien lo debió decir. Y no se trata, el escribidor intenta atajar la interpretación fácil, de reprimir; se trata de hacer valer la ley, de aplicarla, de impedir la impunidad, provenga de donde provenga, en beneficio de la mayoría, aquella que hace la democracia...

Y hoy, comenzando por Michoacán, México tendrá —es un decir, porque ya existe— un nuevo grupo ¿policial preventivo? ¿policial judicial? ¿militar? Paramilitar, según el uso en la materia, ni modo.

Los expertos dicen que hay una ley al respecto de la existencia de las llamadas fuerzas rurales. La más reciente data de 1964, porque dicen los estudiosos que esas fuerzas rurales mexicanas nacieron en los años del jurismo y lo mismo sirvieron al presidente Benito Juárez, al emperador Maximiliano, a Porfirio Díaz, a la Revolución, y luego al reparto agrario en el gobierno de Lázaro Cardenas. Su fama pública desde siempre no es la mejor. Hoy ¿se va a aplicar estrictamente la ley o se va a “adaptar”? Sin tener muchos conocimiento de esa ley, el escribidor entiende que impone requisitos para integrar a esa fuerza rural, por ejemplo, ser ejidatario o descendiente directo de ejidatorio, poseer y registrar sólo un arma y “ser afín al gobierno”, entre otros.

Este escribidor desea, en serio, que los mexicanos del futuro no vayan a leer en sus libros de texto gratuito que hubo “ejércitos” de La Familia Michoacana, de Los Caballeros Templarios, de las autodefensas, del cártel de donde sea que se enfrentaron a los federales (Ejército y policía) en una lucha sangrienta que dejó unos dos millones de muertos, digamos para duplicar el número entre 1910 y 1917. Y peor aún, que algunos de los apodos que hoy se conocen por los medios de información vayan a ser los mismos de los héroes de esos hipotéticos (que así sea) libros de enseñanza obligatoria.

La ineficiencia y la ineficacia de los gobiernos tiene una solución constitucional: se llama desaparición de poderes. En Michoacán, esa solución hoy tiene un problema muy claro: política y electoralmente no es nada conveniente. Tal vez si el gobernador fuera de un partido de la oposición. ¡Ah no!, tampoco, porque se caerían los acuerdos, pactos o como se llamen. Entonces, que se jodan los michoacanos y, de paso, todos los mexicanos.

Lo que el escribidor le puede decir hoy es que esta lucha ya se perdió; que es políticamente incorrecto decir que la justicia por propia mano es ilegal, anticonstitucional, pero que conduce al callejón de la violencia y, peor aún, perpetúa la impunidad... la madre de todos los delitos. En fin.

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