No a la violencia en los estadios

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Francisco Zea 31/03/2014 01:37
No a la violencia en los estadios

La muerte de Adolfo Suárez, expresidente del gobierno español, es una buena oportunidad para destacar su figura. Sin duda uno de los mejores libros que he leído en mi vida es Anatomía de un instante, de Javier Cercas. Esta obra describe los minutos cruciales de la entrada del teniente coronel Tejero en el Congreso de los diputados. El argumento principal es el análisis de por qué, tanto Adolfo Suárez, quien era todavía presidente, Santiago Carrillo, presidente del partido Comunista Español, y Manuel Gutiérrez Mellado, vicepresidente y persona de más confianza de Suárez fueron los únicos que no se escondieron debajo de sus curules en el Congreso cuando ingresaron los guardias civiles rebeldes encabezados por el eterno golpista y responsable de la operación Galaxia, anterior al 23 de febrero de 1981, Tejero. Lo que empezó pensado como una novela histórica se convirtió en uno de los documentos de investigación más completos y vibrantes de todos los tiempos. La conclusión es que los tres mencionados no se esconden, porque a la luz de los acontecimientos y el descontento de la clase militar española, el golpe de Estado tenía que concluir sin duda en la muerte de los resignados Suárez, Carrillo y Gutiérrez Mellado. Una combinación de aceptación, valor y patriotismo, que fue alimentada muchos años anteriores al golpe de Tejero, de quien, dicho sea de paso, Héctor Suárez hacía una imitación hilarante en algunos de sus programas. Al final del libro entendemos la pérdida enorme que significa el Alzheimer de Suárez, la misteriosa y cobarde participación del Rey de España en esta asonada, la cual sólo condenó cuando se dio cuenta de que iba a destinada al fracaso. En ese entonces, el rompimiento de Suárez con las tradiciones y políticas de Franco lo enemistaron con gran parte de la sociedad. Les costaba trabajo darse cuenta de que la democracia sólo llegaría con un rompimiento puntual y absoluto con el dictador. Esto hizo que toda una generación que se enfrentara con Suárez lo condenara y descalificara, algo que quedó plasmado en los medios de comunicación de la época. Cercas se da a la tarea de reconstruir el hecho y demostrar cómo la generación de su padre tenía una cuenta de agradecimiento pendiente con Suárez, la cual salda con el propio reencuentro con su padre, del que políticamente se encontraba separado casi por los mismos hechos. Un documento puntual, incansable, verídico, certero y extraordinario. Lectura obligada para todo aquel interesado en ese periodo de la historia, y que nos explica puntualmente la asistencia multitudinaria a los funerales de Adolfo Suárez, y los desgarradores gritos de la gente a la actual clase política: “Aprendan”, en referencia a la grandeza del primer presidente de la democracia española.

Celebro la aprobación de las modificaciones a la Ley de Cultura Física y Deporte, que establece modificaciones fundamentales para acotar la violencia en los estadios. Al respecto de esta discusión he escuchado una gran cantidad de propuestas estúpidas, como aquella que pide utilizar el alcoholímetro en la entrada y la salida de los estadios. El atolondrado en cuestión, Orlando Anaya, diputado local por el PAN, identifica el alcohol y la violencia con los estadios. Es evidente que este párvulo quizá nunca ha ido al beisbol, que, no obstante su emoción, ha sido creado en nueve entradas para que claramente en cada una de ellas se pueda tomar una cerveza Texas Size. Y no me ha tocado todavía ver ningún violento del calibre de lo vivido en el estadio Jalisco en ningún estadio de beisbol. Por otro lado, un día que se juegue un América-Chivas en el estadio Azteca, con 110 mil espectadores, supongo que tendrán que abrir la puerta a las tres de la mañana para un partido que comience a la una de la tarde. Adicionalmente, el costo en boquillas será equivalente a la construcción de la Línea 12 del Metro. Una cosa es reconocer un problema y otra es tratar de resolverlo proponiendo idioteces.

El principal impulsor de estas modificaciones es Gerardo Liceaga, diputado federal del PRI. No es un secreto mi cercanía con el legislador, a grado tal, que es el encargado de dar las noticias de deportes en mi espacio radiofónico. Lamento que se aprobó esta propuesta de una forma reactiva. En comisiones unidas de Justicia y Deporte estaba lista desde octubre. Hasta que molieron a palos a unos policías, dicho sea de paso, sin ápice de preparación al respecto de manejo de multitudes, decidieron subirla al pleno y aprobarla.

Los grupos de izquierda, en un acto poco inteligente, no acompañaron la aprobación por la disposición que establece una pena de hasta cuatro años por actos de violencia en estadios. De alguna forma el pretexto es reprimir a la juventud. No creo que sea juventud. En los videos en el Estadio Jalisco vi jóvenes, señores, de todo. Pero vi enfermos de violencia, quizá contagiados por la que enferma a nuestro México. Pero no podemos permitir que en los estadios, en donde las familias encuentran experiencias extraordinarias, la violencia las expulse. La violencia nos ha quitado muchas cosas: tranquilidad, noches de diversión, la vida normal. Que no nos arranque la vivencia incomparable de ir con un hijo a un estadio. Para un servidor, uno de los momentos fundacionales de mi vida fue cuando salí de la mano de Miguel Marín a la cancha del estadio Azteca. Ese día, en mi corazón, quedó tatuado el escudo del Cruz Azul. Ese día también nació el germen de ir con mis hijas al estadio y no tengo intención de separarme de ese espíritu por más ridículos que haga mi equipo.

Entre las bondades de esta ley se encuentra en primer lugar la identificación de violentos, que fue acto fundamental para controlar a los aficionados ingleses. Pero, entre todo, es responsabilizar a los equipos, dueños de los estadios y a la Federación Mexicana de Futbol de cualquier acto de violencia que pueda suceder en su edén con motivo de los espectáculos que presenten.

También resulta fundamental el establecimiento de un comisionado por entidad que revise las condiciones de seguridad de este tipo de espectáculos y que, como en el caso de Chihuahua, de las Monster Trucks, si se pone en peligro la integridad de la gente, tenga la autoridad para suspender el espectáculo. No imagino mezquindad en el asunto; no imagino que no pase en sus términos en el Senado y el propio Liceaga reconoció el apoyo, pese a todo, del coordinador del PRI en San Lázaro, Manlio Fabio Beltrones.

En el estribo.- Inconmensurable en datos y calidad el nuevo libro de Guillermo Valdés, exdirector del Cisen, Historia del narcotráfico en México. Si todo este conocimiento hubiere sido distribuido  entre los aparatos de seguridad del país, las policías y entidades de procuración de justicia, en lugar de quedar en el escritorio del presidente Calderón, que además pedía más datos de carácter político electoral, otro gallo nos hubiere cantado, otro Chapo hubieren capturado.

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