¿Colosio hubiera cambiado a México?

Ha cambiado el inquilino de Los Pinos, pero no hemos modificado nuestra entraña. Seguimos siendo un pueblo corrupto.

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Francisco Zea 24/03/2014 01:55
¿Colosio hubiera cambiado a México?

Al día de hoy existe otro Luis Donaldo Colosio. Donaldito, hijo del malogrado candidato, ha sido padre de un hijo, a quien por lógica puso el nombre de su padre. Su bautizo fue hace casi dos meses y preserva una dinastía que nunca gobernó pero nos dio esperanza. Una esperanza ahogada por los disparos de una Taurus, que al ritmo de la “culebra” quizá cambió para siempre el futuro de este país. Pocas pláticas he disfrutado tanto como la que tuve con Luis Donaldo Colosio Riojas hace quizá seis meses. Entrados en la noche y entrados en la plática le pregunté qué es lo que más extraña de su padre. Su respuesta me enterneció. Ese drama que millones de veces se revivía en televisión, cuando Aburto, quien quiera que sea, despedazaba la cabeza de Colosio, tomaba otro significado. Se volvía real. Se tornaba en el drama y el dolor de un hijo que se quedaba sin su padre. “Extraño la cercanía con mi papá”, me decía. “Lo recuerdo como un padre muy cercano, que jugaba mucho conmigo, muy presente y muy cariñoso; extraño eso, su dirección y sus abrazos”. La conversación seguía y entendí su drama, desde el punto de vista familiar, y nunca más cercano. Nada tenía que ver con la política ni con las conspiraciones ni con los culpables. Eso no le importaba mucho en ese momento. Le importaba lo que le habían arrancado a él y a su hermana Mariana. En la misma confianza le compartía que las diferentes circunstancias de la vida, sin necesidad de una desgracia, de un homicidio, separaban también a padres e hijos. Le confié que la vida a mí me había llevado a conocer y disfrutar a mi padre de diferente forma pero con la misma cercanía a partir de la muerte de mi madre y llevaba apenas dos años. Que me ganaba por seis. Evidentemente su situación particular cambió la historia de México. La mía cambió mi alma. Pero, sin dudas, con humor me decía que eso no era para él particularmente importante. Es fuerte contrastar una historia que para millones de mexicanos significa un rompimiento en la historia y constatar que para su hijo la historia está llena de dolor y de recuerdo.

Al día de hoy, Donaldito ha sido un chavo reservado y prudente. Ha resistido el canto de las sirenas priistas que lo quieren utilizar de mil formas, como candidato y como símbolo. No da entrevistas porque afirma que no quiere hacerse célebre por una tragedia que le sucedió a su padre. Es abogado en Monterrey, socio del hijo de un incondicional de su padre, Agustín Basave. Un tipo excepcional, altivo porque le corresponde, seguro y orgulloso porque su herencia se lo permite. Pero listo hasta la pared de enfrente. Y su inteligencia se demuestra en la clara línea que ha pintado entre su presente y su pasado.

“Mi padre debe de ser, ante todo, una esperanza. No quiero que se le recuerde con tristeza, con desánimo, sino con optimismo, con fe en el porvenir de México.” Esto lo escribió Donaldo en la presentación del libro sobre su padre compilado por Alfonso Durazo y presentado en jueves pasado, Colosio; el futuro que no fue.

La mala noticia es que si Luis Donaldo Colosio hubiere sido Presidente de México, nuestro país seguiría siendo lo mismo. Porque ha cambiado el inquilino de Los Pinos, pero no hemos cambiado nuestra entraña. Seguimos siendo un pueblo corrupto y huevón. La clase política sigue presentando a tipejos ladrones como Carlos Romero Deschamps, secretario del Sindicato de Trabajadores Petroleros, que lejos de ser rechazado enfáticamente fue recibido como un auténtico héroe. El abuelito de Keiko, Bolly y Morgancita, los bulldogs más consentidos del mundo, que los vimos de forma impune viajando en aviones privados con la hija del impresentable, fue recibido en el acto conmemorativo de la Expropiación Petrolera como si fuera un héroe y no un ratero que se la pasa en los restaurantes más caros de Polanco exhibiendo su Audemars Piguet de 45 mil dólares.

Ante un país así, Colosio, con su mito de hombre del cambio, con su irrepetible discurso el 6 de marzo de 1994, y con el estigma de que “no hay muerto malo”, tampoco podría haber hecho nada por este país.

Un país donde las circunstancias nos han orillado a tener jóvenes que prefieren vivir cinco años como reyes que 30 como bueyes. Un país en donde la esperanza desaparece y en donde las oportunidades son escasas. La realidad es que se ha privilegiado el dinero sobre la ética y el trabajo honrado.

Así que ni Colosio ni Zedillo ni Gandhi podrían cambiar este país hasta que los mexicanos decidamos que es momento de dejar de lado la inmoralidad. La mordida, el estímulo para el proceso entre muchas otras prácticas.

En el estribo.- Estoy convencido de que la mayoría de los guanajuatenses no deben de acordarse de su exgobernador yunquista, Juan Manuel Oliva, pues se la pasó más de viaje que en su entidad. Ahora en la contienda interna han decidido aventarles porquería y prender el ventilador. En el escándalo que incluye a su coordinador Villarreal de los moches municipales han querido implicar a Manlio Fabio Beltrones, coordinador de los diputados del PRI. Un medio nacional y otro local publicaron que Beltrones habría pedido dinero por otorgar recursos al municipio de Celaya. A Beltrones lo han acusado desde asesino hasta narcotraficante. Les guste o no, ha salido limpio y bien librado. Para ridículo panista, el propio edil de Celaya, ha publicado una carta en donde declara que ni siquiera conoce a Beltrones. Me parece que para atacar a un político de su talla y de su colmillo hay que tener las pruebas en la mano o evitarse ser exhibidos, peor aún en el marco de una elección interna que ha resultado del más bajo nivel político e intelectual.

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