El Mochaorejas y el maldito secuestro

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Francisco Zea 03/02/2014 01:28
El Mochaorejas y el maldito secuestro

“No se preocupe, si no me puede dar la cantidad que le estoy pidiendo vaya a la dirección que le di. Es una tiendita. Ahí le van a dar un paquete de cereal y le hablo cuando sepa que ya lo tiene.”

La familia del secuestrado siguió las instrucciones al pie de la letra. En una caja de frutilupis encontraron un dedo y 100 mil dólares. La llamada no tardó en llegar, la voz aguardentosa y violenta del otro lado de la línea gritaba exaltada: “¡Ya me chingaron y ahora tú tienes que pagar! El dinero de la caja de cereal es para que le pagues un funeral digno a tu sobrino, ya que se ve que no lo quieren; el dedo, para que veas de qué soy capaz”. El inmundo y sanguinario secuestrador se refería al reciente golpe de las autoridades, en el que habían detenido a su hijo y esposa en una casa de Cuernavaca y a su vez decomisado una gran cantidad de dinero. Por eso el hambre de cobrarle a alguna pobre familia lo que le habían quitado. El secuestrado en cuestión era uno de los hijos de un prominente empresario gasero. Cuando lo secuestraron, bajó de su coche y se echó a correr, los cobardes secuestradores le dispararon, lo que le causó la muerte a los pocos días de cautiverio. El maldito secuestrador ideó una forma de mandar pruebas de vida convincentes para seguir lucrando con la esperanza de la familia de recuperar a su hijo. Al cuerpo le conectó un catéter que a simple vista se veía normal y el goteo de la solución insertada en el brazo del retenido fluía con normalidad. A espaldas de la cámara que captaba el video enviado como prueba de vida estaba conectada un ave que recibía la solución. Sin duda un hijo de puta con una inteligencia e iniciativa impresionantes. El maldito capaz de todo esto se llama Daniel Arizmendi, alias El Mochaorejas.

Esta escoria social fue capturada el 17 de agosto de 1998, a las 19 horas, en Naucalpan, casi colindando con el Distrito Federal. En ese entonces quien operó los hilos de la detención fue Luis Cárdenas Palomino. El celular de su hijo y la captura de su novia fueron fundamentales, pues lo sacaron de balance; le dieron en lo único que le importaba además del dinero. El enfermo mental decía que no secuestraba al azar, que sólo a quien le sobraba. Imagine la sentencia. ¿Cuáles eran los parámetros? Como cualquier otro capitalino, circulé mucho por la zona de influencia de este asqueroso tipo. Cuando conocí los detalles de su operación me sentí devastado, desnudo y desprotegido en donde, para peor noticia de todos, el secuestro se ha vuelto lo único cien por ciento democrático. Es decir, secuestran desde a la señora de las quesadillas para arrancarle cinco mil pesos hasta a Diego Fernández, para quitarle un “poco” más.

Qué demonios pasa en México que, no obstante han pasado 16 años de la detención del ícono del secuestro las cosas no han tenido un avance significativo, sino, por el contrario, el secuestro y sus cifras han llevado al gobierno a crear un “zarinato anti-secuestro” encabezado por Renato Sales Heredia (quien por cierto es un tipo capaz y eficiente), pero a quien le auguro enormes dificultades para resolver el entuerto. Esto, debido a que el plagio, como ningún otro delito, requiere de la participación de muchos sectores de la sociedad. A quienes les importe un carajo que se lleve a cabo un acto tan atroz, luego se les va a revertir de la peor de las formas pues el secuestro pudre a la sociedad. Lo digo convencido porque este delito necesita que algún conocido, amigo, trabajador o vecino del secuestrado pase información. Necesita de ciudadanos que, temerosos o indolentes, no reporten el momento en que capturan al secuestrado en alguna calle o avenida. Requiere de vecinos que no pasen por alto las irregularidades que suceden en la casa de enfrente o de junto, como televisores prendidos 24 horas a volúmenes inauditos, personas extrañas y sin razón que entran al inmueble en horarios fuera de lugar, vehículos y movimientos sin razón. Es decir, el secuestro es hijo de todos; en algunos niveles, de nuestra complicidad y avaricia, y en otros, de nuestra indolencia y falta de solidaridad.

Sobra decir que es urgente para este país un sólo número de denuncias de emergencia y de procesamiento de datos relacionados con el delito. El tan traído y llevado 911 en Estados Unidos es una herramienta inigualable para concentrar denuncias e información mientras que en México tenemos toda la gama de los “0” con algo: 068, 069, 088, cero más cero, Hawaii 5-0 y la realidad es que pocos sabemos cuál es la utilidad de cada uno. Una acción sencilla que podría concentrar una base de datos nacional sería que las autoridades no le falten al respeto a la denuncia ciudadana y no existan idiotas que hagan llamadas de broma.

En otro orden de ideas, se llevó a cabo la IV Reunión Plenaria de los diputados del PRI en conjunto con los del PVEM. En la misma no se engañan. Entiendo el enojo histórico, sin duda, de todos los mexicanos que se sienten traicionados, pero el coordinador de los diputados priistas, Manlio Fabio Beltrones, empieza por un reconocimiento claro: en México hay pobres por una injusta distribución de la riqueza y por la necesidad inminente de que las reformas se transformen, de palabras vacías y discursos grandilocuentes, en beneficios para la gente. Es por eso que se vuelve fundamental la aprobación y elaboración eficaz de todas las leyes secundarias de las reformas constitucionales en materia de telecomunicaciones, energía, político-electoral y competencia económica. Pero reitero y reconozco la puntual consciencia de Beltrones de que estas reformas son estériles si no se traducen en un detonador que permita abatir la pobreza, la desigualdad y el hambre.

En el estribo.- Leo divertido la polémica en torno a Manuel Bartlett y su diferendo con la prensa, pero fundamentalmente con el gobierno estadunidense. Para qué se hacen tantas bolas. En lugar de discutir y gastar tanta tinta y papel al respecto de su situación jurídica con los vecinos del norte, por qué no les preguntamos y se acabó el problema. Me refiero a lo dicho por un semanario que lo implica de alguna forma en el caso Camarena. Trasciende que alguna vez el embajador Davidow, cuestionado al respecto de si Bartlett podía entrar a la Unión Americana, respondió sin empacho: “Claro que puede entrar, lo que seguro no podrá es salir.” Pero tan sencillo: pregúntenle a los vecinos y no se hagan bolas, diría el patrón del encabritado.

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