Colosio: un testimonio personal

Han pasado 20 años de un evento que aún nos indigna a todos. Muchas cosas han cambiado en nuestro país

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Francisco Guerrero Aguirre 23/03/2014 00:23
Colosio: un testimonio personal

Hay acontecimientos que quedan grabados en nuestra memoria. En la década de 1960, los estadunidenses de esa generación aún recuerdan con detalle qué estaban haciendo el día que Kennedy fue asesinado. Para mí, el 23 de marzo de 1994 es un día especialmente triste. Para muchos que creíamos en Luis Donaldo Colosio, ese fatídico miércoles marcó el primer día del resto de nuestras vidas.

En la recta final de mis estudios doctorales, gracias a la recomendación de Javier López Moreno, exgobernador de Chiapas, tuve el privilegio de colaborar en la campaña del sonorense en la Fundación Cambio XXI, que después cambiaría su nombre a Fundación Colosio, como parte del equipo del doctor Luis F. Aguilar Villanueva, gran experto en políticas públicas y hombre muy cercano al entonces candidato presidencial.

A mis 28 años, la mera posibilidad de ser parte de la campaña de Colosio significaba una oportunidad irrepetible para una nueva generación que veía en el oriundo de Magdalena de Kino una verdadera esperanza de cambio a los usos y costumbres del poder en México. Luis Donaldo era muy popular dentro y fuera del partido, y sintetizaba la combinación exacta entre el político sensible a la pobreza del país, pero al mismo tiempo, con buenas calificaciones técnicas gracias a su preparación académica.

A la distancia, recuerdo la campaña como una sucesión de eventos desafortunados que iban impregnando de pesimismo a los que éramos más jóvenes. Mis responsabilidades se extendían a la organización de foros y eventos de reflexión sobre la propuesta del candidato en el norte del país. Mientras viajaba, una sombra de dudas se expandía como la niebla, creando una atmósfera enrarecida que concluyó con un artero asesinato.

El día de la tragedia, me encontraba en la Ciudad de México, en las oficinas de la fundación, en la calle de Julio Verne, en Polanco. En un México con contados celulares, sin internet o WhatsApp, la noticia comenzó a difundirse lentamente. Primero, corrió la versión de que el candidato había sido herido, después, que el balazo había penetrado su cabeza. Finalmente, la confirmación de la muerte en la voz entrecortada de Liébano Saénz.

En las horas de incertidumbre previas al aviso oficial del deceso, aún recuerdo las calles desiertas aledañas al domicilio de la fundación. En ese contexto, tuve la ingrata circunstancia de ser el primero en informar al doctor Luis F. Aguilar sobre el trágico acontecimiento. Durante una hora, mi amigo Juan Francisco Escobedo y un servidor deambulamos como vagabundos perdidos, tratando de entender las razones de la infamia. Todavía me acompaña un pesado sentimiento de desolación y pesadumbre al revivir este episodio.

Recuerdo también, como parte de la tropa del equipo de campaña, imágenes surrealistas del sepelio en las instalaciones del partido, en Insurgentes Norte. Jóvenes y viejos llorando y caras largas de la clase política de la época. En particular, nunca podré olvidar el rostro desencajado de Julio César Córdova, secretario técnico de la oficina de Colosio y amigo mío de toda la vida, quien había cumplido años el mismo día del atentado.

Los días que siguieron fueron una extraña mezcla entre rabia, indignación y morbo sobre quién sería el sustituto del candidato asesinado. Para los que colaborábamos en la campaña, el reto fue seguir adelante, a pesar de la enorme desilusión que significó un magnicidio tan vil y tan injustificado.

BALANCE

Han pasado 20 años de un evento que aún nos indigna a todos. Muchas cosas han cambiado en nuestro país. La democracia, con sus limitaciones y virtudes, es parte cotidiana de la vida de la nueva generación de mexicanos que nacieron después de Colosio. Sin embargo, su ausencia se sigue sintiendo entre quienes, aun sin tratarlo muy de cerca, creímos en su genuino proyecto de cambio.

Hoy, a mis 48 años, miro hacia atrás y vuelvo a vivir un día que preferiría olvidar. Aún comparto la visión de esperanza que dibujó Luis Donaldo Colosio y que se vio brutalmente suspendida por un cobarde asesinato. Sólo nos queda el recuerdo, pero las causas por las que luchó siguen vigentes. No lo olvidemos.

                Twitter: @pacoguerreroa65

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