Ley de gravedad

Felicidades a Lubezki, gracias a Cuarón y a todos los mexicanos que admiramos su cine.

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Fernando Serrano Migallón 06/03/2014 02:03
Ley de gravedad

Corre la leyenda de que fue Emilio El Indio Fernández, quien creó el diseño original de la estatuilla del Oscar, cuentan también que fue él el modelo de la escultura por su físico casi perfecto; con mayor o menor peso, ambas leyendas han sobrevivido al paso del tiempo, sin embargo, a Fernández nunca le dieron ese premio.

Hasta la semana pasada cuatro mexicanos habían ganado el Premio de la Academia estadunidense de Ciencias y Artes Cinematográficas: Anthony Quinn, quien lo ganó en 1952 y 1956; Emile Kuri, quien lo obtuvo en 1952 también por ¡Viva Zapata! y, en 1956, por su trabajo como director de arte en Veinte mil leguas de viaje submarino; Manuel Arango, en 1971; Gonzalo Gavira, en 1973, en conjunto con quienes crearon el sonido de El Exorcista; Guillermo Navarro por su fotografía en El laberinto del Fauno, de 2006, y Eugenio Caballero también por el Laberinto.

Tres oleadas que nos hablan mucho de la salud creativa en materia de cinematografía en México, desde quienes lo obtuvieron en la época dorada de nuestro cine, hasta quienes se habían consagrado como técnicos impecables en la década de los setentas y en este nuestro siglo XXI, por quienes se decantaron por nuevas estéticas sobre todo por la universalidad de los temas, los foros y los lenguajes.

Esta semana se impuso en Hollywood lo que bien podríamos llamar la nueva ley de gravedad, aquella que dice que cuando al menos un mexicano —si se pueden dos, mejor— apuesta por el trabajo impecable, la imaginación universalista y da rienda suelta a su creatividad más allá de los límites estrictos de nuestra geografía política, cultural y humana, entonces los resultados pueden ser devastadores.

La ley de gravedad ha dado como resultado primero; un acto de justicia para Emmanuel Lubezki, el mexicano con más nominaciones en la historia del Oscar, y que se ha alzado con el premio después de cinco ocasiones fallidas. El trabajo de Lubezki cumple a rajatabla con el principio de la renovación de la Ley de Newton: como mexicano abierto al mundo fotografió La Princesita, en un contexto lejano, y fotografío esta película de Cuarón que si algo tiene es ser un alegato por lo humano más allá de las divisiones artificiales que nos hemos inventado en la tierra. Por supuesto que Lubezki merecía el premio y no por esta vez, sino desde hace muchos años.

Lupita Nyong’o, ella misma una muestra de la riqueza y amplitud universal de nuestra cultura, nos hace volver la vista sobre todas nuestras fuentes y todas nuestras raíces.

Para Alfonso Cuarón el reconocimiento por haber conjuntado a un equipo de trabajo en el que menudeaban los mexicanos, cierto, pero que tiene la característica, casi babeliana, de ser prácticamente mundial; a este sobrino del padre de la criminología moderna —una aportación de México a la cultura universal también— Alfonso Cuarón Orozco, le ha llegado el reconocimiento después de una larguísima batalla contra la indiferencia y la discriminación y ha triunfado. Esa es la nueva ley de gravedad.

Felicidades a Lubezki, gracias a Cuarón y a todos los mexicanos que admiramos su cine, a tomar conciencia de nuestro lugar, tan bien ganado, en la cultura universal de nuestro tiempo.

                *Profesor de la Facultad de Derecho de la UNAM

                fserranomigallon@yahoo.com.mx

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