Alejandrina

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Fernando Serrano Migallón 19/12/2013 05:57
Alejandrina

Günter Grass dice que el autor es alguien que escribe contra el tiempo que pasa; habría que decir también, que se escribe contra el olvido, contra la desmemoria y el silencio. Hace unos días murió alguien cuyo nombre no registrarán los diccionarios ni cuya memoria será honrada en finos obituarios, pero que fue una mujer excepcional en su generosidad, quien ayudó a mi madre a cuidar de una familia de inmigrantes y que vio por nosotros en el afecto y el cariño. Se llamaba Alejandrina. Una mujer a la que Alfonso Reyes, en la persona de su propia nana, llamó Cibeles Cereal.

Se marcha así un espacio más de la vida; es cierto que uno mismo no puede ponerse de ejemplo para nada, pero sí puede uno ofrecerse como testimonio, en este caso, de la implacable crueldad del tiempo que se lleva a nuestros testigos, a aquellos con los que compartimos el espacio vital, el tiempo y las etapas de la existencia; con los años, pues, uno se va quedando con menos futuro y con mucho más pasado y no sólo por lo que hace a nuestro propio lapso vital, sino porque aquellos con quienes convivimos habitan en el ayer con más frecuencia que aquellos que todavía miran al futuro. Las memorias se van convirtiendo en un tesoro de imágenes y palabras que no podrán ser ya compartidas en realidad, pues quienes nos acompañaron ya no están y ni siquiera aquellos que compartieron los mismos años y las mismas circunstancias. La vida se va poblando de fantasmas, algunos amables y cariñosos, pero al final sombras de una existencia que tanto amamos, la frase de Quevedo, que para el joven suena alegremente metafórica, para uno se convierte en la cotidianidad de la reflexión y el verbo: “Vivo en conversación con los difuntos y escucho con m is ojos a los muertos”.

Alejandrina, no sé si a sabiendas o sin quererlo ni comerlo, fue más que un abrazo y un apoyo en el hogar, mucho más que el afecto largo como toda una vida. Alejandrina fue una guía y un puente entre culturas, para una mujer que no alcanzaba a abandonar su patria de origen para verse envuelta en el trajín de su patria de adopción, para unos niños que habían nacido fuera del país que los vería crecer y hacerse hombres tan mexicanos como cualquier otro, del que nació en México y que era un mexicano en cuya casa la “c” no sonaba igual que en las calles. Aquella Cibeles amable nos traía a casa, puesto y feliz, el mundo que nos pertenecía, enseñaba en nuestro hogar el oximorón que representa el dulce sabor del chile y le daba sentido a los términos que para mis padres eran absurdos y desconocidos, como “un ratito” o “en su casa”. Es verdad que no la olvido ni la olvidaré nunca, es verdad que acaso se difumine su imagen en los años que vengan, seguro también para que de esa bruma más que olvido salga una visión idealizada, pero ella será ya sólo mía en el recuerdo y la mente, porque no habrá más nadie con quien compartirla.

Pascal afirmaba que nuestra dignidad es el pensamiento, me parece que tiene razón, pero sólo porque el pensamiento se hace de recuerdos y de imágenes, que nos mantienen en la dignidad de la vida, en la alegría del pasado en lo que la voz popular llama nostalgia, que no es otra cosa sino la alegría de estar triste. Es cierto también que nadie experimenta en cabeza ajena, pero si tuviéramos siempre conciencia de la manera en que el ayer se extiende como la sombra de la atardecer dejando espacios de luz cada vez más reducidos, tal vez aprenderíamos a vivir más atentos a nuestra existencia y a la de quienes nos rodean, para colectar esos instantes y atesorarlos, guardarlos como algo precioso; al fin y al cabo, como dice el Evangelio, donde está tu corazón, ahí está tu tesoro.

De corazón, gracias Alejandrina.

                *Profesor de la Facultad de Derecho de la UNAM

                fserranomigallon@yahoo.com.mx

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