Hello, Dolly

El sobrecalentamiento del planeta va comenzando a meterse, como la humedad por los rincones, a nuestra cotidianeidad.

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Félix Cortés Camarillo 04/09/2014 01:31
Hello, Dolly

Valencia estaba ayer a 42 grados centígrados. Mexicali, igualmente. Para Mexicali eso no es novedad; para Andalucía, la primera semana de septiembre es un infernal calor desusado. Asolado por el Golfo y el Pacífico, México se apresta a resolver las inundaciones que es incapaz de predecir por las lluvias torrenciales que una Dolly disminuida y un Norberto creciente prometen. Puede parecer combinación de coincidencias, pero la realidad es que el sobrecalentamiento del planeta va comenzando a meterse, como la humedad por los rincones, a nuestra cotidianeidad. Como sabemos que faltan miles de años para que los trópicos intercambien posiciones con el ártico y la antártica, no le hemos dado importancia al fenómeno que al cabo del tiempo hará desaparecer playas e islas y separar continentes.

Después de todo, eso está fuera de nuestro alcance e influencia. Si dejamos desatendidas situaciones de grave deterioro para el medio ambiente, ¿qué se puede esperar para los retos a largo plazo?

Tomemos por ejemplo la tragedia de Sonora, que tantos han querido tomar a la ligera. La explotación minera en la zona de Cananea no es de ayer, ni las condiciones en que esos yacimientos a cielo abierto son procesados se descubrieron la semana pasada. La minería mexicana tiene una larga tradición anclada en la Colonia; el atraso tecnológico y la carencia de medidas precautorias para proteger al medio ambiente parecen ser igual de tradicionales. Y eso que el caso Sonora muestra un atraso menor que el de las minas de Zacatecas o San Luis Potosí.

Pero el daño ecológico de la industria minera no es único: es increíble que las escenas de la mortandad de peces en una laguna de Jalisco, intoxicados por desechos tóxicos vertidos en las afluentes por una tequilera, nos dejen tranquilos, sin muestra de irritación alguna. Es intolerable que dejen a las autoridades como si nada. Y podemos seguirnos a la laguna de Ajijic o al lago de Pátzcuaro, cualquiera de nuestros ríos o los tiraderos de basura de cualquiera de nuestras ciudades.

O nuestros asentamientos urbanos. Las lluvias provocadas por Dolly o Norberto no provocarían menor trastorno en ciudades cuyas alcantarillas fueran simultáneamente mantenidas por las autoridades municipales y respetadas por la gente que retaca sus tapas con basura de todo tipo.

En Cadereyta, Nuevo León, el río San Juan sigue contaminado por un derrame de crudo de la refinería que ahí se encuentra. El director de Pemex hizo su paseo triunfal por las márgenes y aseguró que su empresa, la contaminante Pemex, era una víctima equiparable a los campesinos, ganaderos, seres humanos que se lavaban las manos en el chapopote de un agua que no han de beber y que la petrolera de Lozoya Austin quiere dejar correr para que lleguen a la presa El Cuchillo y, muy probablemente, al sistema de agua potable de Monterrey, ciudad que presume de poder beber sin temor ni peligro el agua del grifo.

Minera México es el villano favorito de nuestra historia contemporánea y se lo merece. Por lo menos a causa de su imbécil campaña de comunicación que ha venido a subrayar aún más la irresponsabilidad con la que se maneja en la explotación de los recursos que alguna vez nos dijeron que eran nuestros. Pero el importante consorcio no está solo. Contaminan industrias y talleres, plantas químicas y textileras, minas de mercurio o tratadores de plata.

Contaminamos todos, al final del día. Y todos, comenzando por el Grupo México, siguiendo por Pemex y acabando con la vieja de la esquina que aprovecha el correr de las aguas por las calles para botar su basura, como se lanzaban las heces del bacín a la calle en los tiempos de la Colonia.

De donde viene el grito de advertencia, que nadie quiere emitir ni escuchar: ¡Aguas!

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