Caminito de la escuela

Quince mil escuelas no tienen pizarrón. Veinte mil carecen de sanitarios. Centenares no tienen paredes o techo.

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Félix Cortés Camarillo 18/08/2014 01:27
Caminito de la escuela

Hoy inicia el ciclo escolar de 2014. Poco más de tres mil 200 escuelas de instrucción elemental y media superior comenzarán a dar clases. Quince mil de esas escuelas no tienen pizarrón. Veinte mil carecen de sanitarios. Centenares no tienen paredes o techo. Seis millones de alumnos inician clases en inmuebles cobijados bajo el eufemismo cínico de “adaptados”.

Esa es una pequeña muestra de las estadísticas que en esta fecha no quieren verse. Algo que en otro contexto el rector de la UNAM, José Narro Robles, reconoció tibiamente como un problema grave del Estado mexicano. Si el rector de nuestra “máxima casa de estudios” acepta que de cada diez mexicanos jóvenes que acuden a la universidad buscando cursar una licenciatura solamente tres o cuatro están en posibilidades de hacerlo, algo anda mal. Sobre todo si nos llenamos la boca en los discursos de la juventud como esperanza del país entero. Que lo es.

Cíclicamente, en estas fechas nos enteramos de los cientos de miles de jóvenes que son rechazados en los exámenes de admisión de las universidades públicas. Cierto, muchos de ellos no reúnen los conocimientos elementales para poder acceder a cursar la licenciatura que buscan. Pero la culpa no es total ni exclusivamente suya. Estas muchachas y muchachos son simplemente expresión de las taras que arrastran los maestros a cuyas aulas acudieron, maestros que deben su título docente a la presión ejercida por huelgas, bloqueos y plantones.

El presidente Peña Nieto recibió en Palacio Nacional, como todos sus antecesores, a los alumnos destacados de las escuelas primarias del país y les dijo que sin duda entre ellos estaba alguien que iba a ser Presidente de México. Puede ser; uno de los niños invitados dijo que él aspiraba a ser el cocinero de un futuro presidente. Sea.

Pero igualmente importante es que los rechazados, los que no irán a Palacio Nacional nunca, los que ni siquiera podrán pisar una universidad, están también aquí, y son muchos. Llenos de la vitalidad, la ambición, el deseo que vienen con la juventud, y el rencor que hemos inoculado en ellos por el camino de la injusticia social, esas muchachas y muchachos se encuentran en la encrucijada vital.

Estamos ante un almácigo numeroso que nos va a arrojar a las calles generaciones de descontentos, desempleados, delincuentes y, mayormente, económicamente informales. Eso en sí es una seria crisis social. La otra es que jamás podremos ponernos a la altura de los países desarrollados en materia de desarrollo tecnológico o científico, ya no se diga de las humanidades y la cultura. En ellas, como en todo lo anterior, seguiremos dependiendo de individuos excepcionales que, al margen del marco social de la nación, escribirán libros sensacionales, pintarán cuadros que maravillen al mundo, o descubrirán métodos de cultivo o riego que asombren a los países agrícolas. La media mexicana será la mediocridad.

¿Por qué tiene que ser así?

Entre otras cosas, porque hoy andamos de farra, celebrando que el petróleo —que se va a acabar— sigue siendo nuestro, y que las enormes ganancias de su explotación las vamos a compartir con otros. Sin darnos cuenta de que el principal recurso con el que cuenta nuestro país, que son sus jóvenes —que no se van a acabar— no merecen el mínimo atisbo de su sociedad y su gobierno.

México, feliz regreso a clases.

Ojalá comenzaras a aprender.

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