Volví la cara llorando

Para los políticos, la migración es una papa caliente que se pasa de una mano a la otra buscando un culpable.

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Félix Cortés Camarillo 27/06/2014 02:00
Volví la cara llorando

                “¿Olvida usted algo?

                ¡Ojalá!”

                Luis Felipe Lomelí, El Emigrante
                (texto íntegro), 2005

 

En los años de la Segunda Guerra Mundial, miles de mexicanos que cruzaban la frontera con los Estados Unidos fueron obligados por las autoridades migratorias a tomar sulfas. Se trata de tabletas derivadas de la sulfonamida, un antecesor de los antibióticos de amplio espectro bactericida. La discriminatoria medida tenía un doble fin: primero, usar gratuitos conejillos de Indias para un medicamento en proceso de prueba y que tenía efectos colaterales de naturaleza alérgica. Segundo, proteger a los estadunidenses de las posibles infecciones que los mexicanos podrían introducir a su país.

Setenta años después, el congresista republicano Duncan Hunter, de California, encabeza una campaña en contra de la intención federal de situar en la población de Escondido un refugio para los centenares de niños que han sido capturados por las autoridades migratorias, carecen de documentos y han de ser deportados presumiblemente a México.

El representante Hunter afirma que esos muchachitos y muchachitas “son portadores de enfermedades contagiosas como la tuberculosis y el sarampión”. La historia se repite. Haga usted de cuenta que nosotros rechazáramos a los gringos porque nos traen enfermedades como el SIDA o las adicciones.

No es extraño en la mentalidad republicana o, si se quiere, en la mentalidad de amplios sectores de la opinión pública de Estados Unidos. La corriente predominante, ante el caso de los niños que son enviados por sus padres huyendo de la miseria y la violencia de su patria a ver si se pueden colar al sueño americano, es que la responsabilidad por evitar ese doloroso flujo migratorio corresponde a México y su gobierno. Una vez más pretenden que los mexicanos nos convirtamos en policías garantes de su frontera. Le cuento un caso, tan breve como el mínimo cuento de Luis Felipe Lomelí del epígrafe:

Lautaro Morales, hermano de Joaquín Morales López, vive en Carpentersville, Chicago”, escribió presumiblemente su padre con un plumón en el pecho de un niño de tres años, cuenta el diario La Razón. El padre pagó mil dólares a un pollero para que lo llevara a Estados Unidos y lo dejara en un refugio en Texas. Equivocadamente pensaba, creyendo un rumor que circula en Guatemala, que el muchacho sería enviado con su familiar. Ahora está detenido. Fin de la historia.

Para los políticos, mexicanos y estadunidenses, esta situación infernal es una papa caliente que se pasa de una mano a la otra buscando un culpable. Nadie se preocupa por encontrar una solución a este drama cotidiano de cientos de miles de seres humanos, hoy personificados en los centenares de niños centroamericanos, en su mayoría, que están amontonados en barracas o parques cercados, esperando ser enviados a quién sabe dónde.

La solución no está en la reforma migratoria tantas veces prometida en Estados Unidos y tantas veces frenada. La causa es la miseria y la violencia, producto de la injusticia social, que se extiende desde México hasta Costa Rica. Seguramente no hay soluciones fáciles. Mientras éstas se encuentran, hay familias rotas, madres que se desprenden de sus hijos para que vayan a donde sí hay de comer. Padres que consiguen la cuota del pollero, autoridades corruptas que cobran por el paso por territorio mexicano y agentes migratorios que simplemente cumplen con su ley.

Perra vida.

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