Flor de desconsuelo

Los tormentos del hombre mexicano tienen vida hasta el próximo domingo, con la esperanza de una nueva resurrección.

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Félix Cortés Camarillo 24/06/2014 00:56
Flor de desconsuelo

..si ves que me engaño, ¿por qué no te mueres en mi corazón?

Daniel Santos, Esperanza Inútil

Era previsible, aunque yo no creyera que se fuera a dar, ese torrente de esperanza desbocada que se soltó por las calles de la Ciudad de México, Monterrey o Guadalajara la tarde de ayer. Dice Nietzsche que la esperanza es en realidad el peor de todos los males, porque sólo prolonga los tormentos del hombre. Por lo pronto, los tormentos del hombre mexicano tienen vida hasta el próximo domingo, con la esperanza de una nueva resurrección.

Los mexicanos necesitábamos una prolongación de la agonía en la misma medida, tal vez, que el propio evento que tiene lugar en Brasil. Me preguntaba un compañero de trabajo, mientras veíamos pasar los carros abanderados y frenéticos del claxon, si el resultado del partido ante Croacia quería decir que el doble Hoy No Circula se iba a derogar o que la Reforma Fiscal nos iba a dejar de fastidiar en nuestro ingreso. Yo sólo le miré con tristeza porque me queda perfectamente claro que nuestras tragedias son irreversibles y que su inevitable desenlace solamente se pospone un poco.

Aprender del pasado, vivir el presente y soñar el futuro es la maroma que le damos a una frase de Einstein. Tal vez lo único valioso de ese ritornello es que somos los únicos animales capaces de soñar, porque todos hemos sobrevivido precisamente porque aprendimos del pasado. El juego es el representante, en la vida real, del sueño. De la esperanza.

Alguien me decía ayer que es imposible escribir de otra cosa que no sea futbol o que no esté íntimamente ligada a él. Mientras escucho bajo la ventana la interminable romería, tengo que confesar que es verdad.

Pilón.- El che José Luis, que se vino de Buenos Aires huyendo de lo feo que estaba su país, se avecindó hace muchos años en Pátzcuaro para hacer maravillas de madera y pintar cuadros ingenuos. Me llamó ayer para hacerme partícipe de la angustia de su pueblo. México se convirtió en su segunda patria, pero Pátzcuaro es su pueblo, de sus hijos y sus nietos. Me cuenta de las tragedias que yo me sé, de que nos hemos atragantado de pescado blanco de Pátzcuaro —y de Zirahuén y de cuanto lago queda— hasta el exterminio, y de cómo hemos desecado el lago de Janitzio, sin dejar más que los desechos fecales de la isla. Pero encima de todo eso, les ha caído encima el miedo. Se encuentran a kilómetros de las miserias de Tierra Caliente y la violencia y la tala inmoderada y Los Templarios y los cárteles y las metralletas y los grupos de autodefensa. Pero la gente que antes iba a gozar el frío de sus montañas y el calor de sus corundas tiene miedo. Al contar las miserias de sus hombres, hemos ahuyentado la bondad de los turistas. Y eso duele.

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