Yo sé bien que estoy afuera

Los que tomamos en serio esta paparruchada de la monarquía no estamos seguros de que Felipe VI sea el último rey del mundo. Carlos el cachondo terminará por acceder al trono en la abadía de Westminster y las viejas casas reales, como la de Umberto en Italia, todas las de Rumania, la de Grecia —que es abuela del nuevo rey de España—, acabarán muriendo de inanición.

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Félix Cortés Camarillo 17/06/2014 01:02
Yo sé bien que estoy afuera

El gran embrollo en el que hoy amanece la Casa Real Española no es la tan esperada abdicación del rey Juan Carlos ni su anuncio de que pasado mañana no asistirá, para no robarle cámaras, a la instalación en Cortes de su hijo Felipe como el sexto que lleve ese nombre en el trono español. El problema es de timing, esto es, la oportunidad y los tiempos.

Me explico. En la sala del trono del Palacio Real de Madrid hay dos sillones forrados de terciopelo rojo, que nunca han conocido el roce de las nalgas de Juan Carlos o la reina Sofía. Sin embargo, su respaldo está coronado por los perfiles de cada uno de ellos en dorado realce. Habrá de cambiarse por las efigies de Felipe y Letizia con zeta. Pero eso no es nada. La enorme vajilla real, en la que se sirven los banquetes en el largo y ancho comedor de ese mismo palacio, lleva impreso en dorado las iniciales JCI, Juan Carlos Primero, en bello monograma circular. El presidente Enrique Peña Nieto y su señora Angélica no me dejarán mentir. Pues halá, nuevo emblema, ahora con FVI. Y son muchos platos, de diferente tamaño. Son más, sin embargo, las piezas de la botonadura de la Guardia Real, que repiten el mismo emblema. Ni qué decir de las tarjetas de presentación del nuevo rey —las del viejo también—, sus tarjetas de regalo y toda esa parafernalia que los reyes de antes hacían de puño y letra y los gringos bautizaron como stationary.

No estoy inventando nada. Lo vi en un reportaje de Televisión Española el domingo.

Los que tomamos en serio esta paparruchada de la monarquía no estamos seguros de que Felipe VI sea el último rey del mundo. Carlos el cachondo terminará por acceder al trono en la abadía de Westminster y las viejas casas reales, como la de Umberto en Italia, todas las de Rumania, la de Grecia —que es abuela del nuevo rey de España—, acabarán muriendo de inanición. Las dinastías más modernas, como la que tiene en Holanda a una bella argentina, la plebeya Máxima, como reina, siguen aplaudiendo a su equipo de futbol en Brasil.

Mi sangre, aunque plebeya, también tiñe de rojo. La sangre azul, aunque de nobles, sigue salpicando anacronismos.

Los políticos españoles dicen que uno de esos anacronismos es que Juan Carlos no asista a la entronización —sin trono— de su hijo. Es innegable el desprestigio que el rey Juan Carlos aportó a la Casa Real durante muchos años. Tan es así, que su decisión de abdicar reavivó las pavesas de viejos conflictos españoles para adquirir vigencia de actualidad, como la intención separatista de Catalunya. Es comprensible que los estrategas de la imagen, esos vivos que han hecho negocio nuevo de las vaciedades viejas, aconsejen dejar que las cámaras se orienten a los jóvenes de Asturias.

Pero eso es solamente la feria de vanidades. España tiene otros problemas más serios.

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