Oda a la alegría

El campeonato del mundo en futbol soccer que inició ayer en Brasil ha comenzado en medio de un descontento generalizado.

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Félix Cortés Camarillo 13/06/2014 01:53
Oda a la alegría

Alle Menschen werden Bruder, Wo dein sanfter Fluegel weilt F. Schiller, Ode an die Freude

 

Desde los tiempos primeros de la humanidad, después de la cópula, el juego ha sido el más placentero de los quehaceres que nos hemos inventado. Indudablemente ligado a la cacería para el sustento, el juego deportivo vino siendo la primera forma de convivencia, bajo el común afán de obtener un provecho mediante el esfuerzo de un conjunto en acción coordinada.

Pese a que no hay rastros claros de la actividad deportiva de los antiguos, es obvio que antes de los griegos y persas ya los chinos habían practicado con entusiasmo al menos la gimnasia y la natación. En todo caso, la actividad deportiva requiere desde siempre un espíritu de competencia y una reglamentación mínima. En el siglo XIX, el movimiento impulsado por Pierre de Coubertin intentó rescatar el olimpismo como una filosofía que perseguía la limpieza del pensamiento a través de la salud del cuerpo y la convivencia humana por medio de la competencia deportiva limpia. Medio siglo antes, Friedrich Schiller había escrito su oda a la alegría, en la que se invocaba a los seres celestiales para que todos los hombres fuesen hermanos ahí donde el ala de aquellos les cobijara. Beethoven tomó el poema de Schiller, que antes se cantaba como La Marsellesa, para la parte coral de su novena sinfonía.

El carácter educativo de esa lúdica experiencia ha sido reconocido todo el tiempo. Con el advenimiento de la revolución de la información, sin embargo, el deporte ha sufrido una transformación esencial: se convirtió en negocio. La explosión de los medios masivos de comunicación propició ese cambio, que es irreversible, a despecho del espíritu del olimpismo moderno.

A esa metamorfosis se debe la injusticia social que arropa a la actividad deportiva. En países como el nuestro, pero no solamente aquí, hombres y mujeres jóvenes dedican parte sustancial del tiempo de su ocio a cultivar deportes que, por su escasa difusión, carecen de la popularidad de los grandes juegos; por lo tanto, no tienen el apoyo de instituciones ni de individuos para su práctica o aplauso. De esta suerte, arqueros, tiradores, clavadistas, ajedrecistas o practicantes de la raqueta o disciplinas de pista y campo que no son susceptibles de transmisiones televisivas o estadios a reventar, son discriminados y mal vistos, si acaso se les ve.

Paralelamente, los deportes de gran aforo masivo manejan cifras escandalosas de dinero. Los protagonistas de los juegos suelen cobrar emolumentos escandalosos por dos poderosas razones. Su ejercicio se convierte en espectáculos concurridos, en los que el acceso, sea personal o en transmisiones electrónicas cuesta dinero.

Pero hay otro factor más importante. El mercado de las apuestas a los resultados deportivos maneja cifras escandalosas que, por lo general, escapan de controles fiscales y legales de otro tipo. No hay terreno más fértil para la corrupción que esos pantanos de las casas apostadoras. Hace dos semanas, un par de reportajes estadunidenses llamó la atención sobre la compra-venta de resultados de partidos de soccer, algo que siempre hemos sabido. Como hemos sabido de los tongos con las peleas de box, las carreras de caballos o los partidos de otros deportes.

A mayor sapo, piedra más grande. El campeonato del mundo en futbol soccer, que inició ayer en Brasil, no solamente ha comenzado en medio de un descontento generalizado por el dispendio fuera de control que las faraónicas inversiones en estadios que no tendrán uso futuro. Pero además, como eje de una sospecha generalizada de corrupción magna. No ha de pasar mucho tiempo para que los manejos sucios que llevaron el campeonato siguiente de futbol a una sede tan improbable como Qatar, salga a la luz.

Y si no, al tiempo.

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