Suspicious minds

Un señor muy amable, que se identificó con nombre y apellido, y como persona de Banamex, preguntó por Susana.

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Félix Cortés Camarillo 10/06/2014 02:07
Suspicious minds

Here we go again asking where I’ve been Elvis Presley, Suspicious Minds, en un exitoso comercial del banco colombiano Falabella

 

No suelo pedir favores a las personas escasas que leen lo que yo escribo, pero hoy me voy a permitir una licencia: si alguno de ustedes conoce a la señora o señorita Susana Moncada, hágame el favor de decirle que se comunique con Banamex al departamento de cobranzas y le cuente la historia que le plazca. Espero que, con su noble acción, Susana, a quien no conozco, termine mi fatiga.

Abuso y se las cuento.

No es infrecuente, pero el mensaje de número desconocido apareció el sábado pasado muy temprano en el identificador de llamadas de mi teléfono. Sin afán de aventuras extramaritales, contesté, para mi desgracia, la llamada. Un señor muy amable, que se identificó con nombre y apellido, y como persona de Banamex, preguntó por Susana. Mi memoria erótico-sentimental no es tan amplia como mi esposa piensa —de ahí lo de suspicious minds— ni tan breve como yo afirmo, pero Susana Moncada no aparece ahí. Correctamente, le expliqué al señor correcto que ese número correcto está a nombre de mi correcta mujer desde que era soltera, hace más de 20 años, y que ni ella ni yo ni nuestra correcta hija conocemos a la tal Susana. Disculpe, gracias, buenos días.

Pero las llamadas se sucedieron más o menos cada cuatro horas con el mismo mensaje y contenido similar, aunque en tonalidades diferentes, como se verá luego.

Yo ya tengo experiencia con el cuerpo de cobrones de Banamex. Escribí cobrones, cuidadosos vigilantes del periódico.

Hace un año, me sedujo un cajero en la ventanilla de Banamex donde pago, para que le pidiera prestado a Banamex dinero para pagarle a Banamex el dinero que debía en la tarjeta de crédito de Banamex. Sí, soy un pendejo. Desde entonces, Noemí, que es mi asistente, me recuerda el día 15 de cada mes que el día siguiente se vence mi pago a Banamex. Pero entre el día primero de cada mes y el día 15 recibo de Banamex recordatorios telefónicos de mi deuda, cosa que todos enlistamos como los mayores placeres eróticos de la existencia. Hay meses en que, dos días después de depositado el abono de la deuda, Banamex me la sigue recordando telefónicamente. La deuda.

Pero estábamos con Susana. Bueno, flaca, los de Banamex.

Cuando esto escribo, me acaba de llamar otro cobrón de Susana. Se llama Óscar Ramírez, dice. Le expliqué de la mejor manera todo lo arriba expuesto. Como decía mi abuela, no estaba él para saberlo ni yo para contarlo, pero le detallé al señor que de manera sucesivamente comedida, cortés, molesta, irritada y, finalmente, soez, le había referido a sus compañeros de oficio que Susana no existe en mi casa y que si quieren chingar a alguien, que marcaran el número telefónico de la progenitora de Banamex o de la suya propia.

Conste que dije que fue de manera sucesiva y varias las llamadas inquisitivas. Luego de que colgué el teléfono, recordé que en mi oficina tengo, y aprecio mucho, una foto en la que don Gustavo Díaz Ordaz me da la mano, antes de una gratísima comida en una casa de Tlalpan que yo me sé. Detrás de nosotros, en la fotografía, aparecen Bernardo Garza Sada, Miguel Alemán Velasco y Agustín Legorreta Chauvet, Titín para sus cuates. Cinco años después de esa gráfica, Agustín Legorreta tuvo que entregarle a David Ibarra, enviado del presidente José López Portillo, su oficina de presidente de Banamex en la costosa aventura de la estatización, quiebra, rescate y nueva privatización —a manos de extranjeros— de la banca mexicana.

Yo no sé si en aquella comida, Legorreta sospechaba lo que iba a hacer con los bancos mexicanos López Portillo, que dos horas antes había tomado posesión de la Presidencia de la República. Estoy seguro, sin embargo, de que sus cobrones no actuarían como los actuales.

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