Era el rey de chocolate

En Europa, pocas monarquías han tenido oportunidad de ensayar en sus reinos la experiencia republicana.

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Félix Cortés Camarillo 09/06/2014 01:21
Era el rey de chocolate

Aquel rey al ver su suerte comenzó a llorar tan fuerte, que al llorar tiró al castillo y un merengue lo aplastó.

                Gabilondo Soler, Bombón I

 

En Madrid hay un hermoso, enorme y alargado salón comedor, rodeado de bellísimos tapices y gobelinos que mandaron poner ahí los reyes Felipe V y Carlos IV, donde se dan las comidas y cenas a los dignatarios extranjeros cuando pasan por España y que es tan larga y ancha la mesa que los privilegiados invitados, cuando quieren hablar con alguien que no es su comensal inmediato, tendrían que usar un teléfono celular. Que está prohibido. Yo nunca he estado ahí; me dicen que está en el Palacio Real, llamado de El Pardo, y que aún siendo la sede del poder monárquico español, se usa sólo para ceremoniales recepciones. Luego de Franco, los reyes viven en el palacio de La Zarzuela, que se llama así por los hierbajos que rodeaban el monte donde se encuentra y que dio origen al género ligero del teatro musical español.

La cena ofrecida al presidente Enrique Peña Nieto y su comitiva en ese gran comedor habrá de pasar a la historia como la última cena de ese calibre de Juan Carlos de Borbón como rey de España. A su hijo, el príncipe Felipe de Asturias, que habrá de pasar a los libros de historia como el rey Felipe VI, lo recordaremos muy probablemente como el último rey de España.

Cuando el 2 de junio se dio la abdicación de Juan Carlos al trono de España, escribí aquí que no era tiempo para la reanimación de “los rescoldos ardientes del espíritu republicano que no fue apagado por la cruenta Guerra Civil”. No por el momento, dije.

El cambio de guardia en La Zarzuela, por más bien que nos caiga a los ciudadanos del siglo XXI el príncipe Felipe y su liberada —en Jalisco— princesa Letizia, está planteando nuevamente la reforma de Estado que elimine el poder dinástico, esto es, que se hereda por el hecho de ser hijo de quien eres. Esa institución anacrónica tiene que desaparecer. La velocidad a la que se mueve nuestra sociedad hace más cercana su extinción, menos violenta que en la Revolución Francesa, pero más inevitable. En Europa, pocas monarquías han tenido oportunidad de ensayar en sus reinos la experiencia republicana. Madrid acumula dos repúblicas frustradas. Debe ser tiempo de probar otras soluciones.

En el siglo XXI, los únicos reyes que valen son los de la baraja. La juventud de todo el mundo, que afortunadamente superó la imaginaria que envolvía la admiración a las casas reales, no quiere saber de otra cosa que de realidades, no de realezas. El diario español El País publica el resultado de una encuesta según la cual 34% no quiere discutir el tema de la subsistencia de la monarquía. El 62% dice que en algún momento sí. La encuesta de El País, como todas las encuestas políticas, son el caramelo del engaño. El Roto, que es un viñetista madrileño —así les dicen a los caricaturistas en España, que son muy inteligentes y por tanto cabrones—, representa a un ciudadano común al que se le pregunta si lo que quiere es monarquía o república. La respuesta es muy sencilla: quiero trabajo.

Yo no sé si los mandatarios mexicanos hacen viajes al extranjeros para turismo o para aprender nuevas cosas. Si Peña Nieto quiso aprender en este viaje algo más de lo que le haya dicho el papa Francisco, la caricatura de El Roto le puede dar una pista. Porque la princesa caramelo no basta.

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