La jaula de oro

Los partidos de la extrema derecha, los de la intolerancia, son los que han ganado terreno de manera alarmante en la Unión Europea.

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Félix Cortés Camarillo 29/05/2014 04:01
La jaula de oro

Hay muchos factores para sustentar la sospecha, pero el más importante son los resultados de las elecciones europeas para su parlamento, del fin de semana pasado. Como dice la primera frase del manifiesto comunista, de 1848, un fantasma recorre Europa. Si entonces Marx y Engels hablaban del fantasma nunca encarnado del comunismo, en esta ocasión el fantasma es el de la intolerancia y el odio racial.

Si la aventura político-económico-social que es la Unión Europea resulta de difícil análisis, comprender la forma en que se integra el Parlamento Europeo basado en Bruselas es aun más complicado. Los ciudadanos de esa comunidad variopinta, y por ello emproblemada, eligieron hace unos días un total de 751 diputados, con resultados que hacen retroceder el tradicional formato de un bipartidismo maniqueo de izquierdas y derechas. Las izquierdas, del Partido Socialista Europeo, se alzaron esta vez con 25% de los sufragios y 189 escaños. El Partido Popular queda con 214 diputaciones con 28% de los votos. Pero eso no es lo importante.

Los partidos de la extrema derecha, los de la intolerancia, son los que han ganado terreno de manera alarmante. En Francia, por ejemplo, el Frente Nacional de Marine Le Pen, obtuvo más de 21% de los votos y llegó, de tres diputaciones que tenía, a 24. Lo mismo pasó con el Amanecer Dorado de Grecia, la derecha antiunionista de Gran Bretaña y grupos similares en Italia.

Jean-Marie Le Pen, padre de Marine y fundador del Frente, decía recientemente que el virus del ébola podría ser una solución al problema de la migración ilegal en Europa. Y ahí reside el peligroso brote de intolerancia racial que se va extendiendo por Europa. De manera similar, ante la derrota alemana en la Primera Guerra Mundial, un frustrado cabo recogió los resquemores e inició el movimiento nacionalsocialista que le llevó a él al poder y al mundo a la barbarie de la Segunda. Se llamó Adolf Hitler.

En Francia y España, en Suiza y en Gran Bretaña, los nacionalismos exacerbados de la clase media que sufre crisis económica tras crisis económica se aterran ante la llegada de africanos del Magreb o de más al sur, si logran transitar su versión local de La Bestia —La Jaula de Oro de la película que ganó los Arieles— que lleva centroamericanos al Norte de México. Las pateras descargan en las inmediaciones de Lampedusa en el Canal de Sicilia, o en la costa sur de España, su cargamento de miseria y hambre. La derecha europea capitaliza el descontento de la clase media y lo intensifica, transformándolo en un racismo activo que en su versión light quiere restringir el acceso a la seguridad social de los inmigrantes, y en su versión bullying lleva a la persecución física y la muerte.

Más allá del implícito reconocimiento de que algo se hizo mal al armar una unión europea parchada y coja, los nacionalismos de corral están ganando adeptos fanáticos. Adolf Hitler pudo encender el espíritu nacionalista germano gracias en gran parte a la crisis económica de los años 30, cuando las paredes eran tapizadas con billetes de mil marcos que habían perdido su valor. Pero más allá de la anécdota, el rencor social devino odio racial y desembocó en la mayor vergüenza de la historia del ser humano, con exterminio genocida, holocausto y toda la parafernalia lamentable. Europa se encuentra en una circunstancia similar a la de la Alemania de 1933. Encontrará un Georgi Dimitrov a quien castigar ejemplarmente por el supuesto incendio del Reichstag. Ochenta años después, se antoja un retroceso brutal de la Humanidad.

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