Dulce amor

Los muchachos y las muchachas en la escuela están solamente reproduciendo su violencia, la que vieron fuera de la escuela, en sus casas...

COMPARTIR 
Félix Cortés Camarillo 27/05/2014 00:44
Dulce amor

Este amor de charamuscas y trompadas te declama enardecido

Botellita de Jerez, Dulce Amor

 

¿Cómo saber que me quiere, si no me pega? Es un imbécil estereotipo acuñado por años en un México que venía del primitivismo rural, que acababa de cambiar su morralito por una bolsa de broche y que era plasmado para todos los tiempos por el Cine de Oro mexicano, en blanco y negro, llegando a la gran ciudad para integrarse al proletariado lumpen. Luego vendría el refuerzo de los supuestos, o no tanto, decires árabes: pégale a tu mujer, aunque tú no sepas por qué; ella sabrá. O la ratificación nacional suicida: ¿usté qué se mete? Déjele que me pegue, para eso es mi viejo.

Parecería absurdo pretender darle validez a esos preceptos en el primer cuarto del siglo XXI y, sin embargo, estamos perfectamente ciertos de que la conducta que se ampara en esos dichos sigue intensamente viva en la brutalidad de nuestra sociedad doméstica. Muros adentro, la violencia intrafamiliar ha persistido por encima de la participación, muchas veces involuntaria, de las mujeres mexicanas en los procesos de producción, al encontrarse con la consecuencia de los embarazos no deseados y la maternidad en solitario.

Reconocer esa realidad es malo: implica aceptar un atraso infame en el ejercicio de la justicia elemental, que es la que debemos aplicar a quien es nuestro ser más cercano, nuestra pareja. Pero tener que convivir con el fenómeno de acoso violento entre menores, generalmente dentro de las escuelas y sus propias aulas, es algo que no podemos entender. Un fenómeno que no ha ocupado nuestra atención en ningún momento, al grado de que tenemos que tomar prestado un término extraño, bullying, para poder nombrarlo.

El acoso físico entre niños y adolescentes no es nuevo. En las escuelas, a los alumnos de nuevo ingreso se les somete a esa prueba de resistencia que todo nuevo tiene que aprobar para demostrar que es igual a los demás. Las novatadas. Eso, en todos los países del mundo: el grado de salvajismo depende de los usos y costumbres de sus tribus. A muchos los trasquilan para que tengan que raparse y así exponer su condición de noviciado; los jóvenes gringos del siglo pasado cubrían a los muchachos de brea y los emplumaban. Cuando había resistencia, podía haber encuentros violentos. Algunas veces, alguien moría.

En México nunca fue distinto.

Lo que ha cambiado ahora es la sociedad. Los muchachos y las muchachas en la escuela están solamente reproduciendo su violencia, la violencia que vieron fuera de la escuela, en sus casas, o fuera de sus casas, en la calle. Y tengo que acudir al ejemplo personal: nunca vi el grado de violencia que hoy existe. Ni en mi casa ni en mi calle.

Pero la letra con sangre entra. Otro apotegma que nos negamos a aceptar. ¿Cómo considerar correcto, justo, efectivo, el dar con la regla de madera golpes en las palmas de las manos a quien, holgazán, no hizo la tabla del nueve, como era su tarea? ¿Quién puede aceptar la pena primitiva de un coscorrón, un pellizco o un jalón de orejas? Arremangar los pantalones de un alumno e hincarle sobre piedrecillas agudas sería un castigo medieval. De inmediato, los padres ofendidos, que no han sido capaces de fijar reglas sobre los derechos y obligaciones de cada quien en sus casas, acudirán a la escuela iracundos a protestar, a exigir la salida del estricto maestro. No tardarán en llegar los defensores de los derechos humanos que ignorarán, desde luego, los derechos humanos de l@s profesor@s.

Y sin embargo, para volver a la única experiencia que conozco plenamente, jamás dejaré de agradecer a la maestra Rafaela, la de sexto, el bofetón que aquella mañana me dio. Hasta el día de hoy, respeto y venero, gracias a esa caricia, la escuela en que me instruyeron y que yo estaba entonces deshonrando. Ni dejaré de recordar con fruición el mal tino del Macaco —el que nos dio álgebra en la secundaria—, que a tiros de borrador de madera pretendía convocar la atención a sus ecuaciones.

Eventualmente, acertó en algún lanzamiento. Y aprendimos algo de álgebra. Que no tengo la menor idea de para qué sirve. Pero ese es otro asunto.

Comparte esta entrada

Comentarios