Realmente un amigo

El presidente de Palestina y el de Israel han expresado su disposición a atender el llamado del jefe de la Iglesia católica...

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Félix Cortés Camarillo 26/05/2014 01:22
Realmente un amigo

De las pocas actitudes criticadas del papa Francisco, la más notable es, sin duda —y sin razón—, su teatralidad. La renuncia a ciertos detalles en la conducta cotidiana de un Papa, como sus aposentos, vehículos y trato con su entorno personal, le han convertido ante nuestros ojos en un Papa populista que va más allá de los desplantes de Juan Pablo II o los menos recordados de Juan XXIII.

No es una cuestión de amnesia, es de ignorancia. Todo aquel que se haya dado una vuelta por cualquier religión sabe bien que una fe sin ceremonial está muerta. Por eso surgen las iglesias, por la necesidad que la fe tiene de una serie de rituales que fijen en la conducta los principios éticos que dan sustento a la creencia.

Offro la mia casa del Vaticano...”, dijo ayer Francisco al convocar a los líderes formales de Palestina e Israel a una reunión que el Papa llamó de oración, pero que obviamente sería de negociación, para resolver la situación, que Francisco había llamado insoportable, de los palestinos, su tierra y su destino.

El conflicto entre árabes y judíos tiene al menos dos milenios de existencia; en nuestro tiempo, se formalizó hace casi 70 años, cuando al finalizar la Segunda Guerra Mundial, Winston Churchill trazó con lápiz en el mapa las fronteras del Oriente Medio mientras tenía en la otra un vaso con whisky. On the rocks, claro. De esa suerte, las convocatorias a la paz entre árabes y judíos han sido literalmente como las llamadas a misa y las mentadas de madre: el que quiso ir fue y el que no, no. A la paz convocaron Kennedy y Nixon, Clinton y Reagan, los Juanes  y Pablos y Benedicto.

Sin embargo, el llamado del argentino ha introducido más miga. Ha convocado con nombres y apellidos a los protagonistas de esa cumbre, Mahmud Abbas y Shimon Peres. Y ha ofrecido, en la más pura tradición del Vaticano, la sede y la mediación de una Iglesia que es perfectamente ajena a las de las dos partes en conflicto, el judaísmo y el Islam. No se puede pedir mejor voluntad.

En lo aparente, el presidente de Palestina y el de Israel han expresado su disposición a atender el llamado del jefe de la Iglesia católica, hecho en televisión mundial la mañana del domingo en América: sólo un imbécil puede pronunciarse en contra de un llamado a la paz, a cualquier paz. El asunto es qué tanto de esta convocatoria se hará realidad y cuánto de ese posible encuentro se traduzca en actos claros en favor de un sosiego que a todos beneficia.

O tal vez no.

En esta primera visita del papa Francisco a la tierra llamada santa, uno de los menos destacados discursos de Francisco hizo referencia directa a los fabricantes de armas, quienes por defender la rentabilidad de su negocio le apuestan a cualquier conflicto y siempre estarán en contra de la paz. El Papa argentino no tenía que añadir que Israel es uno de los principales fabricantes y comerciantes de armas que hay en el mundo.

Solamente en ocasiones singulares  —“París bien vale una misa”— la paz o la guerra la hacen los obispos o las naciones. Generalmente las hacen los dineros y sus dueños. Pero en países donde la Iglesia, estos son los gestos, sigue teniendo un papel preponderante, especialmente en la era de la comunicación instantánea, no podemos pasar por alto que Francisco haya hecho detener su vehículo a unos pasos del muro de la ignominia, que separa los territorios palestinos de los israelíes, un muro tan parecido al de la frontera norte de nuestro país, para hacer una oración silenciosa.

Sí, suena como realmente un amigo.

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