¿Dónde estás corazón?

La única verdad es que hay en México 25 mil familias que extrañan, tal vez desde hace ocho años, la ausencia de un ser querido; sin tener un cuerpo que velar, unos huesos que enterrar...

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Félix Cortés Camarillo 22/05/2014 01:16
¿Dónde estás corazón?

Ante la Comisión del Senado dedicada a la defensa de los derechos humanos, el presidente de la comisión nacional de esos derechos, el doctor Raúl Plascencia, aferrado al puesto que dignamente heredó del pedante José Luis Soberanes, soltó sin más ni más el dato de que el número de personas desaparecidas en nuestro país durante los últimos ochos años llega casi a veinticinco mil. 24 mil 800, según el reporte periodístico.

No se trata de los muertos sin sepultura que nadie ha reclamado y siguen en gavetas frigoríficas en las sobrepobladas morgues del país. Tampoco de los muertos anónimos que fueron exhumados de fosas clandestinas y generalmente ocultas, identificados ellos o no. Estamos hablando de 25 mil seres humanos que ya no existen, sin dejar cuerpo que sepultar o cenizas que esparcir en algún sitio.

Much@s habrán sido objeto de secuestro, seducción, abducción, esclavitud o muerte. La única verdad es que hay en México 25 mil familias que extrañan, tal vez desde hace ocho años, la ausencia de un ser querido; sin tener un cuerpo que velar, unos huesos que enterrar o unas cenizas que poner en urna. Si el dolor más grande que puede sufrir una familia es la incertidumbre por alguien amado en manos de secuestradores viles, que atormentan a la familia con mensajes amenazantes de muerte, aun peor es la incertidumbre de no saber al ausente muerto o vivo, cautivo o libre, deseoso de saber de los suyos o voluntariamente exiliado.

Ello no parece importar a la institución gubernamental creada precisamente para defender los derechos de los seres humanos. Salvo su lejano antecedente histórico, la Procuraduría de Pobres impulsada en 1847 por Ponciano Arriaga, desde su instalación, en 1989, como instrumento de la Secretaría de Gobernación, la CNDH ha dedicado mayormente sus empeños y recursos a la defensoría de los delincuentes ante los abusos de la autoridad que supuestamente los persigue.

Sería un bobo quien pretendiese ignorar los abusos de autoridad que la mano ejecutora del aparato judicial, los gendarmes, judiciales, federales, ministeriales y otras hierbas uniformadas o no practican cotidianamente, pasara aún a defender la conducta de esos elementos. Pero sería más bobo todavía quien dejara pasar por alto los derechos humanos de las víctimas de los delincuentes. Y eso es de lo que hemos sido testigos en el ejercicio de Soberanes y de Plascencia, con el agravante de que la CNDH puede acudir, como lo hizo Plascencia ante la comisión senatorial, a abundancia de datos y confusión de cifras. Las víctimas de maltrato e inatención por parte de la dicha Comisión no tienen ni estadísticas ni actas levantadas en contra de la indiferencia.

Pero estábamos en 25 mil hogares extrañando un ausente. Es plausible que el encargado de defender el derecho a la existencia de esos 25 mil seres humanos confiese la sisa a la contabilidad de nuestro colectivo; es extraño que no ofrezca por lo menos un indicio de qué puerta debemos tocar demandando el cumplimiento de aquel derecho. Porque está comprobado que la puerta de la Comisión Nacional de los Derechos Humanos no es la adecuada.

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