Me estoy acostumbrando a ti

Me queda claro, desde luego, que el intenso y múltiple acceso que tenemos hoy en día a la información nos ha desensibilizado...

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Félix Cortés Camarillo 20/05/2014 01:03
Me estoy acostumbrando a ti

                Homo sum, humani nihil a me alienum puto.

                Publio Terencio Africano, 165 a.C.

 

Mis maestros de periodismo, que nunca pisaron un salón de clases de la materia, me enseñaron que si 500 aviones —o los que sean— aterrizan diariamente en un aeropuerto, eso no es noticia. Si una pinche avioneta se cae ahí, paren prensas, eso es nota. Sólo lo que cambia y modifica el entorno de nuestra cotidianidad es importante, noticioso. Yo confieso que he pisado un par de salones de clases destinados a fabricar periodistas, y he contribuido a propagar este evangelio.

Mis maestros de periodismo me enseñaron también que un acuchillado en la esquina es más importante que 30 muertos en Pakistán. Lo cercano en espacio es cercano en emoción; la camiseta es más cercana que el abrigo. La experiencia cotidiana me dice que tienen razón.

Mi más reciente maestro de periodismo, Jacobo Zabludovsky, que tampoco fue a una escuela de periodismo o, como se dice ahora, comunicación social, me enseñó que, en este oficio, lo importante es lograr que el lector, radioescucha o televidente nunca pierda su capacidad de asombro; y que no la perdamos nosotros.

Hoy, en el estado de Tamaulipas, todos los días hay entre cinco y diez muertes violentas; resulta que no son noticia. Sucede todos los días; es lo mismo que los aviones en el aeropuerto de la Ciudad de México, no son la avioneta excepcional. Una balacera en Reynosa, un secuestro colectivo en Matamoros, una fosa clandestina en San Fernando, tres violaciones a niñas indefensas en Nuevo Laredo, nada de eso es relevante. Todo ello puede ser material informativo importante para la primera plana de The Monitor, de McAllen, o The Dallas Morning News. Para nosotros, es una historia cotidiana.

Jan Rák, maestro mío de dramaturgia, que no de periodismo —aunque algo hay de lo uno en lo otro—, me enseñó, aprovechando mi ignorancia, la máxima que él atribuyó a otro Máximo, Gorki: nada de lo humano me es ajeno. Me engañó: el primer registro de la frase corresponde a Terencio, llamado el africano, siglo y medio antes de Cristo, en una comedia que se llama El enemigo de sí mismo. Ya después se colgaron del aforismo Feuerbach, Gorki, Karl Marx y el mismísimo Nietzsche, entre otros.

Pero la musa es mujer: nunca confesará quién fue el primero.

Me queda claro, desde luego, que el intenso y múltiple acceso que tenemos hoy en día a la información nos ha desensibilizado, que vayamos inevitablemente perdiendo nuestra capacidad de asombro. Al instante, sabemos de la globalización de la tragedia y de la ubicuidad del dolor. La miseria, por cercana y frecuente, ya es parte de nuestra familia. Todos los días, a fuerza de la repetición, nos hemos acostumbrado a la tragedia, pequeña y grande. Como dice Ricardo Ceratto, me estoy acostumbrando a ti.

Me pregunto, 50 y tantos años después, si no debí haber sido otra cosa que periodista.

Porque hoy a mí me sigue asombrando que los aviones vuelen y los árboles tengan flores, y alguien pueda sonreír. Porque hoy a mí me siguen doliendo las niñas secuestradas allá en Nigeria desde hace más de un mes por extremistas de no-sé-qué-partido; me estremece que Alejandro Méndez, que tenía los 12 años de mi hijita menor, haya muerto estrellado contra una pared por sus compañeros de clase, en Ciudad Victoria, Tamaulipas, por cierto. Y porque hoy a mí me conmueven las fundas de plástico en las que metieron a la treintena de niños calcinados en un camión escolar, aunque ello haya sucedido en Colombia. Y...

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