Ernestina

Fue nuestra maestra de tercero de secundaria, como lo fue de decenas de generaciones que tuvimos el privilegio de pasar por su aula.

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Félix Cortés Camarillo 15/05/2014 01:00
Ernestina

De domingo a jueves mi preocupación no es encontrar un tema del que ocuparme en mi columna del día siguiente: los asuntos saltan de la realidad a mi interés y, generalmente, a mi molestia o mi dolor. El problema verdadero es hurgar en mi memoria y encontrar en mi personal Cancionero un título, un tema, una mención que se ligue a lo que pretendo decir en el texto.

Queriendo escribir de ella, no encontré una Ernestina en mi picot personal. Sí, hay un tango de Jesusa Rodríguez y Liliana Felipe, que es más bien un panfleto para ridiculizar a la dueña del diario argentino Clarín; hay una Ernestine de Koko Taylor sobre una mujer quita maridos, y una pegajosa rola de Tierra Cali con ese título, sobre una encueratriz que despierta pasiones y cuya letra comienza “Tubo, tubo, tubo”.

Nada que ver con la Ernestina que debe estar en mi Cancionero.

Yo no pude viajar el viernes pasado para desayunar como lo hacen juntos cada semana y acudir a la cita en Monterrey con los muchachos, como las cenizas de mi madre les sigue llamando, mis compañeros de la secundaria y la prepa, mis amigos de siempre. Ella sí acudió y ahí estaba en La Casona Ernestina Garza Reyna sentada con David y Pepe, con Álvaro y Andrés, con la alegría nonagenaria y el orgullo de su oficio —no, oficio no, misión— de toda una vida.

Fue nuestra maestra de tercero de secundaria, como lo fue de decenas de generaciones de muchachos y muchachas que tuvimos el privilegio de pasar por su aula. Y ahí estaba ella, con la sonrisa tenue de toda una vida que disfruta en una aparente soledad que ella acompaña, me contaron los muchachos, de orgullosos recuerdos.

Y esa sola sonrisa, y esos meros recuerdos del edificio anciano de la Secundaria No.5, la Macario Pérez en Juárez y M.M. del Llano, a tres cuadras de la casa en que nací cuando Ernestina tenía 20 años y ya era profesora, me borraron la imagen de los 300 mil pillastres que cobran un sueldo por enseñar sin pisar el aula de una escuela en este país tan necesitado de educación. De los “maestros” de aviación, pagados por ser funcionarios de un sindicato, cuya corrupción no quedó encerrada en el penal de Tepepan, Xochimilco.

Me hicieron olvidar esa imagen, sí, aunque fuera sólo por un momento. Me hicieron olvidarla, porque me consta que hay muchas Ernestinas en mi país. Las que no obstruyen las calles, ni gritan sus rabias reales o inducidas; las que sí preparan la lección y, sin que nadie se los pida, aprueban todos los días un paciente examen de aptitud para enseñar. Las que tienen que cerrar los ojos cuando no hay papel en los baños de la escuela o simplemente no hay baños; las que tienen que enseñar a los niños que fueron a la escuela sin desayunar; las que silenciosamente ven partir de su salón hombres y mujeres jóvenes con la esperanza de que serán mujeres y hombres hechos y derechos que hacen lo que su sociedad espera de ellos. Tengo en mi familia tres Ernestinas de esas.

Me hubiera gustado estar con ella en ese desayuno, pero ella siempre está. Y seguirá.

Debiera haber una Ernestina en mi Cancionero. Yo no sé si sea un romántico bolero o una movida guaracha, una pieza de heavy metal o una balada escurriendo melcocha. A mi edad, yo tendría que pensar en un vals o una contradanza, pero Renata, mi hija adolescente, me convence de que la debería cantar Katy Perry. Pienso que, a veces, en mi búsqueda de domingo a jueves, este Cancionero está incompleto. Le hace falta una melodía dedicada a todas las Ernestinas de este mundo. Aunque entonemos esa canción, adivinando la letra, solamente una vez al año, el 15 de mayo.

Gracias profesora Ernestina. Y, con mucho cariño, ¡felicidades!

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