Patrón

Periódicamente, la ignorancia y la petulancia de los ricos se deslumbra con la guapura, elegancia y buenos modos.

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Félix Cortés Camarillo 30/04/2014 01:30
Patrón

En 1956 Luis Spota mandó a la eternidad el nombre de Ugo Conti. La novela Casi el paraíso narra las rocambolescas aventuras de un tal Amadeo Pádula, hijo de una prostituta que adopta modos, estilo, lenguaje y vestimenta que embauca a toda la rastacuera sociedad del México de esos años, quien lo entroniza en sus afectos como el príncipe Ugo Conti. La sociedad mexicana le entrega al falso aristócrata dinero, casa, ropa… e hijas. Todo para desembocar en la catarsis del fraude descubierto.

Periódicamente, la ignorancia y la petulancia de los ricos se deslumbra con la guapura, elegancia y buenos modos; los compran de inmediato. Los pillos viven bien un buen rato y con frecuencia se retiran con la talega repleta de dinero. A veces se descubre la mentira.

Carlos Bergantiños fue aprehendido el otro día en el hotel NH Viapol de Valencia, España, por una orden de búsqueda y captura del FBI estadunidense, acusado de 11 delitos, entre los que se encuentran estafa, falsedad de documentos y fraude fiscal, lo que según las leyes de Estados Unidos le puede conllevar una pena de 114 años de prisión. Su pareja y madre de su única hija, Noa, la mexicana Glafira Rosales, puede recibir 90 años, si las autoridades de España los extraditan y la causa prospera.

Bergantiños es un gallego de Lugo de cuna humilde que se fue a Nueva York a hacer la América. Se compró una ambulancia de segunda mano, con todo y sirena, y con ella llevaba las langostas de Maine a Manhattan todas las madrugadas con exceso de velocidad y sirenas a todo volumen. Pero eso no era suficiente. Se compró un libro sobre el expresionismo abstracto, contrató a un pintor chino, Pei-Shen Qian, quien por 50 o 100 dólares copiaba los cuadros que el maestro le indicara, especialmente los manchones de Jackson Pollock, que impresionan a cualquiera, y los colocó en las galerías de Nueva York, adonde van a comprar los que tienen dinero para comprar cuadros, pero no saben de pintura: Knoedler & Co. Era una de esas galerías con largo historial: se fundó hace 160 años. El historial se vio trunco cuando la galería Christie’s rechazó un cuadro ofertado por ellos, por falso.

Un cuadro de Pei-Shen Qian se llegó a cotizar en 800 mil dólares porque parecía de Andy Warhol con la cara de Mao Tse-Tung en diferentes coloraciones. En su casa de Long Island —los rumbos de Scott Fitzgerald y el Gran Gatsby—, Bergantiños tenía colgado un Jackson Pollock de 58 millones de dólares, y un Jean-Michel Basquiat, expresionista abstracto estadunidense, de 46 millones. La mayor estafa con cuadros falsificados en la historia del arte llegó a varios cientos de millones de dólares. Y en Estados Unidos el señor de los impuestos, dicen que contaba Al Capone, es implacable.

Hace ya varios decenios, las artes plásticas dejaron de ser una manifestación exquisita de la sensibilidad y el talento por las formas y los colores, para convertirse en un instrumento de acumulación de capital, especulación financiera y lustre supuestamente intelectual. Al mismo tiempo, abrieron el camino a las falsificaciones, las pillerías y los fraudes fiscales.

Además de una infancia desvalida y triste, y un ansia de poder y disfrute insaciable, Bergantiños y Amadeo Pátula, el príncipe Ugo Conti, comparten el haber disfrutado un pedazo de vida gracias al mal gusto de los nuevos ricos; de los que escogen un vino leyendo primero la columna de la derecha, la del precio por botella.

Me acordé de la historia del gallego intrépido y del príncipe italiano, porque los diputados y los senadores, que son los proveedores de temas para tantos colegas de la letra impresa, ya se van mañana a un merecido descanso y no vamos a tener temas.

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