Espérame en el cielo, corazón

El retraso a las leyes suplementarias de la reforma constitucional en telecomunicaciones se da por la presión del PAN...

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Félix Cortés Camarillo 28/04/2014 03:31
Espérame en  el cielo, corazón

El anuncio de la postergación hasta junio próximo del apresurado aprobar de importantes leyes en materia de telecomunicaciones hubiera podido ser una noticia alentadora si fuese inspirado por la convicción de que la tal legislación requiere un análisis sabio y prudente, y decisiones inteligentes y responsables que pongan en primer plano el bien común. No es así; una vez más somos testigos, en esta avalancha de leyes aprobadas a toda prisa y como producto de presiones, chantajes, componendas y complicidades, de una maniobra política que no tiene nada que ver con la res publica.

El retraso a las leyes suplementarias de la reforma constitucional en telecomunicaciones se da por la presión del PAN que, no de ahora, ha condicionado la discusión y el finiquito de los cambios legales en energéticos y telecomunicaciones a la discusión y resolución de la reforma electoral. Y así se hará, entre otras cosas, por el miniescándalo del senador Javier Lozano al brincarse las trancas de sus propios correligionarios para endosar los intereses del Ejecutivo en el apresurado y teledirigido texto de las leyes llamadas secundarias.

El telón de fondo de este sainete es el permanente interés de los políticos por manejar a su antojo los contenidos de los medios de comunicación. En este caso, se esgrimió como buque insignia la supuesta intención de censurar el uso de la internet. Los políticos nunca han sabido mantener el paso con el progreso tecnológico y, de manera invariable, actúan por el camino de la reacción. Hoy, no se dan cuenta de que lo que pretendían es imposible de lograr, al menos por el momento: no hay que hacer juicios definitivos en ninguna materia, menos la de tecnología. El uso de la internet no se puede regular selectivamente. Se usa o no se usa, y punto. Los intentos del gobierno chino y de algunas dictaduras musulmanas se han topado con ese obstáculo tecnológico. Si Peña Nieto quiere ser equiparado con el venezolano Maduro o el gobierno de China, ya sería decisión suya y de sus asesores, que no suelen ser muy acertados en este campo. Seguirán, no cabe duda, tratando de dominar los contenidos de los medios de comunicación, qué se le va a hacer.

Pero eso no es lo esencial. Lo importante es que los legisladores que hoy tienen en sus manos el futuro mediato de nuestro país, el de la generación que acaba de nacer, están haciendo malabares con las leyes, siguiendo la pauta que rige sus intereses muy inmediatos y, con frecuencia, estrictamente personales, todo lo contrario a la esencia teórica de su cometido como representantes de otros seres.

Por lo pronto, han mandado al país al traspatio de un periodo extraordinario del Congreso, para cuando, en junio, ya se haya instaurado la nueva dirigencia nacional del PAN y las pugnas internas de las tribus del PRD ya hayan encontrado un alivio convenenciero al permanente cisma al que parecen estar condenados.

Se puede soportar este tipo de situaciones de ingobernabilidad cuando los países gozan de estabilidad política y económica; no es el caso de México, del México de hoy. El chamagoso manejo de la crisis michoacana, que puede extenderse o lo está haciendo ya al Estado de México, Guerrero o Oaxaca, es una amenaza creciente en vez de un foco de inquietud en proceso de disminuir su intensidad. Pero eso eventualmente se resolverá. El crecimiento económico del país no se presenta. No se presentará mientras la reforma tributaria siga esquilmando los bolsillos de los mexicanos cautivos en la maraña fiscal, especialmente, los generadores de empleos —los empresarios— y los propiciadores del consumo, la clase media en peligro de extinción.

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