El amor acaba

Si algo tienen en común los partidos que integraron el extinto Pacto, eso es la desunión, la rijosa y permanente ruptura...

COMPARTIR 
Félix Cortés Camarillo 23/04/2014 00:47
El amor acaba

La más importante novedad introducida por Enrique Peña Nieto al ejercicio del Poder Ejecutivo en México fue sin duda un impensable idilio y una armónica complicidad entre las tres principales fuerzas políticas de nuestro país. Antes de tomar posesión, Enrique Peña Nieto decidió experimentar con un esquema de gobierno participativo, una especie de simulacro de gobierno de coalición que llevaba un paso más adelante las concertacesiones de Carlos Salinas y el otorgamiento de puestos importantes en el ejercicio del poder a los recomendados de headhunters, nacido de la inexperiencia y las limitaciones que en el ejercicio político demostró persistentemente Vicente Fox.

La estrategia del hoy Presidente no debía sorprender, y no lo hizo. A diferencia de Carlos Salinas de Gortari, quien seguramente más lo necesitó, Peña entendió que el margen de votaciones que le favorecieron en las elecciones de hace dos años le obligaba a buscar una legitimación de su poder. Formal y legalmente no lo necesitaba. Políticamente sí, y lo buscó de su peculiar manera de la misma forma que lo habían hecho Calderón y Fox. A Zedillo le importaba un pito legitimar algo.

Al PAN y al PRD la oferta les resultó tremendamente tentadora: estaban invitados al banquete del poder. De pronto, el Presidente les servía en bandeja de oro la oportunidad de participar en la transformación del país en áreas sustanciales: la reforma del Estado mexicano por el camino de las leyes electorales y la depuración de uno de los más poderosos y corruptos sindicatos del continente por una llamada reforma educativa. A cambio de sus votos de apoyo, podrían tomar parte en las discusiones sobre la modernización administrativa de Pemex y un régimen draconiano para incrementar los tan urgentes ingresos del erario.

De esa manera, el Presidente consiguió la aprobación atropellada por la prisa de sus cuatro acciones legislativas principales. Los compañeros de viaje, qué dirían los comunistas, pensaron que en la discusión de las leyes llamadas secundarias les permitirían ajustar un mecanismo de cuyo manejo no quieren estar ajenos. El PRD, en el caso de la Reforma Energética, se reservó el derecho a buscar un recurso constitucional, la consulta nacional, para darle reversa al más temido de los cambios.

El amor acaba, canta José José. No solamente entre el partido del Presidente y sus cómplices en estas reformas. Si algo tienen en común los partidos que integraron el extinto Pacto, eso es la desunión, la rijosa y permanente ruptura entre sus protagonistas. Sin duda el mejor ejemplo es la rebatinga por el poder dentro del PAN, que ha dado sitio a jocosas manifestaciones de inconexión entre el cerebro y la lengua de los dos contendientes por la dirigencia nacional de ese club político, Cordero y Madero. Sus cerebros pretenden decir una cosa, pero sus bocas pronuncian otra; así confunden panismo con priismo, tal vez sin equivocarse. Probablemente también con cierta razón, Cordero acusa a Madero de ser comparsa del PRI, y Madero lanza sobre el senador con licencia el peor de los epítetos al equipararlo con Andrés Manuel López Obrador.

Las pandillas que pululan en el partido supuestamente de izquierda, y que no es más que un priismo revolcado, tienen pleitos que no por menos divertidos son menos intensos; también aquí el acompañamiento que el Presidente quisiera para su proyecto de país tiene el precio de otras concesiones a cada uno de los pequeños líderes administradores de ese membrete que se llama PRD.

El amor acaba, y en esta balada es difícil que se llegue a alguna reconciliación. Y si no, al baile vamos; desde luego, con la prisa que puede retrasar la idílica aprobación de la privatizadora Reforma Energética meses y meses y meses.

Comparte esta entrada

Comentarios