Tres palabras

En diferentes instancias se insiste en que la prosperidad de todos los mexicanos está asegurada.

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Félix Cortés Camarillo 22/04/2014 02:27
Tres palabras

Hay tres conceptos machacones sobre la economía de nuestro país que en el último tiempo pretenden darme esperanzas y terminan por asegurarme de que si este año a los mexicanos nos está yendo muy mal, en los siguientes nos va a ir peor: inamovilidad, manufacturas y Estados Unidos. 

En diferentes instancias se insiste en que la prosperidad de todos los mexicanos está asegurada por el buen curso de la economía de Estados Unidos, muy próxima a su explosivo resurgimiento, el incremento previsible de los empleos de manufactura en el país y el hecho de que la legislatura fiscal no se modificará, salvo que el mundo esté a punto de acabarse, antes de 2018 cuando la actual administración entregue los trastos a su sucesora, cualquiera que sea.

Uno. La medida apresurada, intempestiva, anunciada por el Ejecutivo en el sentido de que no habrá durante el resto del ejercicio de esta administración cambio alguno en los regímenes fiscales a los que estamos sujetos, obedeció a las incesantes muestras, abiertas o subrepticias, de importantes actores afectados por la llamada Reforma Fiscal, ese conjunto de medidas tributarias, recaudatorias que lastimaron por igual a empresarios y clase media-causante-cautiva y protegieron a esa enorme mayoría de la economía informal. El Ejecutivo de México pretendía enviar un mensaje idéntico al read my lips de George Bush en el discurso de aceptación de la candidatura presidencial en la Convención Nacional del Partido Republicano de 1988: “No new taxes”. Con esa frágil promesa se suponía que todos íbamos a quedar contentos.

No es así. Una gran mayoría de causantes quiere que se revise la reforma llamada hacendaria no para que nos receten nuevos impuestos, sino para darle marcha atrás en los enormes errores que comete diariamente. La promesa de inmovilizar el camino de la reforma constitucional resulta un candado que sujeta el grillete fiscal a nuestro dolido tobillo.

Dos. Don Ildefonso Guajardo, secretario de Economía, supone que debemos aplaudir como focas de circo su anuncio de que hacia  2015 México será una potencia mundial en el sector de manufacturas. Ello, debido a los mejores precios y gas natural que heredará a los inversionistas la Reforma Energética, y la mano de obra que podemos aportar.

Bendito sea Dios. La perspectiva gloriosa que esta administración nos ofrece es convertir al país en una enorme maquiladora, exportando productos cuyas piezas se hacen en otros países y donde la única participación de México es poner mano de obra y, ahora combustibles, baratos.

Tres. Pretender negar que el curso de la economía mexicana depende en línea directa del destino de la de Estados Unidos es una estupidez. Si los estadunidenses estornudan, a los mexicanos etcétera. Pero a partir de ello inferir que la bonanza del país del norte se traduce de inmediato en prosperidad del nuestro es un poco exagerado. Cierto, nuestros periodos de relativo avance en lo económico provienen del progreso estadunidense de la entreguerra, y especialmente de la posguerra del sexenio del alemanismo, y todas nuestras crisis comienzan de alguna manera en Wall Street; sin embargo, nadie se baña dos veces en el mismo río ni la interdependencia es igual de aquí para allá que en sentido inverso.

Además, la recuperación estadunidense está por verse, y a cada indicio de que las cosas mejoran sobreviene un retroceso. Por otra parte, la recuperación de la economía de Estados Unidos se traduce en que las tasas de interés han de subir allá, resultando más atractivas para los capitales especulativos que se han quedado aquí por conveniencia.

Lo alarmante no es esta tercia de argumentos que a mí se me antojan sólidos aunque discutibles. Me da miedo la convicción del Ejecutivo de que los mexicanos estamos salvados rezándole al Tío Sam, congelando lo fiscal y vendiendo barata la mano de obra de los mexicanos.

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