Tristísimo panteón

Ayer, el dilema era si las cenizas del estupendo escritor se quedaban en México o se iban a Colombia...

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Félix Cortés Camarillo 21/04/2014 01:30
Tristísimo panteón

Este fin de semana escuché y leí una cantidad de barbaridades en torno a Gabriel García Márquez con motivo de su muerte; fueron tantas que no me sorprendió, era lo que cabía esperarse. Por ejemplo, esta perla: “Ese escritor mexicano nacido en Colombia”. Si una de las funciones de la muerte es ridiculizarnos, prefiero no morirme.

Esta tarde de lunes, a partir de las tres, es previsible que una multitud de curiosos y sinceros admiradores del escritor traten de entrar sin éxito al Palacio de Bellas Artes para reverenciar una urna con sus cenizas. A partir de las cuatro de la tarde, casi lorquianas, comenzará el homenaje burocrático en el que seremos testigos de algunas solemnes cursilerías adicionales, aderezadas con música de cumbia y los imprescindibles mariachis. Supongo que la ceremonia era inevitable aun para la familia del difunto, que mantuvo, desde que inició el tobogán de los últimos días (¿semanas?), la más plausible de las discreciones. Pero su muerto ya no les pertenece, se dirá, y ayer, el dilema era si las cenizas del estupendo escritor se quedaban en México o se iban a Colombia, se echaban un volado o las repartían equitativamente. Como si esto importara. Como si no supiéramos que el único homenaje al que aspiran todos los escritores, excepto Kafka, es que sus libros se lean. Pero los muertos célebres les pertenecen a todos.

Mucho más un muerto tan redituable. Para el gobierno de Estados Unidos, García Márquez pasó de ser un indeseable subversivo, amigo de Fidel Castro, que viajaba a la isla con frecuencia para conspirar, y por tanto, indigno de recibir visa norteamericana de entrada, a uno de los autores preferidos del actual presidente Obama. Los presidentes de México y Colombia encabezarán el homenaje máximo. Tengo mis dudas de que ambos hayan leído lo sustancial de García Márquez, pero ahí estarán.

Muy en el tono de la semana llamada santa, el clamor más frecuente serán las últimas palabras de Jesús en su versión actualizada: ¿Gabo, Gabo, por qué nos has abandonado? Porque ahora sí, todos fuimos amigos del Gabo; ésa es la virtud inevitable de los muertos. Al dejar de existir se convierten en parte imprescindible, adherida, inmediata, de nosotros mismos.

En 1968, en el otoño de la primavera de Praga, en la Unión de Escritores Checoslovacos, frente al Teatro Nacional, tuve la fortuna de conocer, de un solo golpe, a Carlos Fuentes, Julio Cortázar y Gabriel García Márquez. Habían viajado juntos, los tres, a tratar de entender qué estaba pasando, cómo sería posible la invasión soviética, que no alcanzaban a comprender más de lo que lo podían comprender los checoslovacos, de cuyo pueblo me siento en gran medida parte. Nosotros tampoco entendíamos y nuestra preocupación mayor era mantener vivas las transmisiones de Radio Praga, que nunca cesaron durante todo el periodo de la invasión; tardamos mucho tiempo en comprender que la invasión de Checoslovaquia era el preámbulo de lo que un día iba a pasar con el muro de Berlín; teníamos otras cosas en mente. Por eso no pudimos darle el golpe a la grandeza de aquellos escritores curiosos, ni nos importaba un pito el boom latinoamericano, como a muchos de los hoy dolientes tampoco les interesó lo escrito por García Márquez.

Pero hablábamos del panteón de nuestros ilustres. Claro, la ceremonia comenzará a las cuatro. A las cuatro en punto de la tarde.

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