No me pidas ser tu amigo

En la situación caótica que se ha impuesto en las ciudades mexicanas, los hombres y mujeres queremos seguir con nuestro ritmo regular de vida.

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Félix Cortés Camarillo 11/04/2014 01:33
No me pidas ser tu amigo

Un amigo sería yo, si te apoyara contra todo lo demás.

                Enrique Bunbury, No me pidas ser tu amigo

 

Primero la noticia peor; luego la mala.

Las peores: tengo la total certeza de que la mayoría de las personas de nuestro entorno simpatiza con el para mí hasta este momento incógnito automovilista, que en Morelia echó su camioneta pick-up roja sobre los seres humanos que le obstruían el paso a la salida a Salamanca —y le agredieron cuando pidió le dejaran pasar— dejando a Rocío Hernández, presuntamente alumna de una escuela llamada normal, con heridas en el cráneo, y a otros 11 jóvenes con magulladuras.

En la situación caótica que se ha impuesto en las ciudades mexicanas, los hombres y mujeres que queremos seguir con nuestro ritmo regular de vida, acudiendo a nuestros sitios de trabajo, enseñanza o recreo, nos sentimos agredidos injustamente por personas que, arguyendo sus derechos, violan el nuestro de desplazarnos por nuestras calles. Y ya no se trata de que la pareja de la camioneta roja llevasen a un hijo o madre enfermos a procurar atención de emergencia, no. Si ese fuere el caso, como ya lo ha sido en más de una ocasión, la irritación ciudadana sería mayor. La mayoría de la gente con la que he hablado apoya al hombre y condena a los estudiantes.

Es muy probable que en similares circunstancias yo hubiera hecho lo mismo. Eso es la mala.

La aprobación entusiasta de convertir al automóvil en un arma agresiva y potencialmente mortal es absurda. Equivale a aprobar la quema de brujas, el linchamiento, el desmadre y aplaudir a los grupos de autodefensa. Tenemos la brutal tendencia a olvidarnos que el derecho nuestro termina donde comienzan los derechos de los demás.

Borregos ciegos, provocadores pagados o luchadores sociales convencidos de que el Estado mexicano está obligado a asegurarles una plaza de maestro, bien pagada y donde ellos quieran, cuando reciban el diploma de fin de cursos, estamos obligados a aceptar que tienen derecho a manifestar sus inconformidades y sus demandas; nadie quita eso. Sin embargo, aún si fuesen justas, no pueden exigir a los demás, ajenos que somos a sus luchas y situaciones, sacrificar nuestra vida cotidiana, nuestro tiempo, al impedirnos el tránsito.

Es un callejón sin salida: no se puede aceptar derechos controvertidos, eso es principio de ley. Pero eso no es lo importante.

Lo que realmente nos debe preocupar es el ambiente de crispación social en el que los mexicanos estamos viviendo, en el que predomina la intolerancia y la agresividad. De un lado y del otro. Y que además, de un lado y del otro, aplaudamos las explosiones de violencia intolerante.

Pilón. Los paisanos que vengan a su país por Aeroméxico, no solamente sufrirán el pésimo servicio de la carísima línea, incluyendo la inexplicable prohibición de hacer uso del retrete treinta minutos antes del aterrizaje. Ya en tierra, serán tratados con arrogancia y malos modos por agentes del Instituto Nacional de Migración, como Jessica Guadalupe Mercado Cortés. Que yo la vi.

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