Tres palabras

Finalmente, el Instituto Federal Electoral murió, dejó de existir, para que naciera el flamante Instituto Nacional Electoral.

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Félix Cortés Camarillo 07/04/2014 02:12
Tres palabras

Todavía no nos han dicho, y para mí que nunca nos van a decir, cuánto dinero nos ha costado el cambiar cinco letras de latón dorado, las letras “Feder”, por cuatro letras del mismo material, tamaño y diseño, las letras “Nacion”. Originalmente, habían anunciado que se cambiarían dos palabras por tres. Federal Electoral iba a ser cambiado por Nacional de Elecciones. Finalmente, el Instituto Federal Electoral murió, dejó de existir, para que naciera el flamante Instituto Nacional Electoral.

Esas letras, esas palabras, es lo único que ha cambiado en las instalaciones por el rumbo de Tepepan. El Instituto Nacional Electoral tiene las mismas funciones que su antecesor y los consejeros ahora son 11; es lo mismo, pero no es igual. Pero son los mismos anquilosados, acartonados, demagógicos y solemnes consejeros que estaban antes y conservaron su hueso, excepción hecha de la señora Marván, cuya defenestración no ha sido explicada; ni falta que hace.

Los consejeros del INE son lo mismo que los consejeros del IFE. Políticos profesionales, lo que no quiere decir que sean expertos en la política que es, según los griegos, la madre de todas las artes, sino que son expertos en vivir cómodamente de la política. Son hombres y mujeres seleccionados por los partidos políticos para que, en las discusiones del INE, defiendan sus programas, sus proyectos, sus candidatos y sus procedimientos.

Los profesionales de la opinión política se han derretido en elogios a los veintitantos años que lleva el IFE; que si Woldenberg fue un excelente conciliador y Ugalde, un operador afortunado que ahora se dedica a dar sesudas asesorías y costosas conferencias sobre la materia. Lo cierto es que los procesos electorales que le tocó conducir al IFE no fueron menos sospechosos o inciertos que cuando los manejaba una dependencia de la Secretaría de Gobernación.

El desaseo de los procesos electorales mexicanos no nació con la caída del sistema de Manuel Bartlett. El asunto es mucho más complejo y está anclado, entre otras cosas, en la deficiente cultura cívica de los mexicanos, fomentada desde la escuela primaria que desapareció, por arte de magia, materias como el Civismo o la Lengua Nacional. El fomento cotidiano a la corrupción, como un instrumento válido de progreso social, hace que el desprestigio de los que participan en la vida política desemboque en un cinismo que, ahora, ha sido consagrado en la instalación del INE.

Con el nuevo aparato vamos a seguir viendo las mismas corruptelas, acarreos, cochupos, propaganda en los medios, disfrazada de información, espectaculares abundantes de promoción personal en nuestras avenidas, más las innovaciones que las nuevas tecnologías permitan.

La idea de la credencialización del IFE surgió del temor de los políticos ante la sospecha de control de nuestra intimidad por parte del gobierno, que no se atreve a emitir un documento único de identidad: la credencial para votar es lo único que nos acredita como ciudadanos, emitida en un sistema confuso de caducidades y renovaciones, que solamente hace buenos negocios para el fabricante de los plásticos. Una credencial amparada por una entidad que simplemente ya no existe.

La idea del IFE mismo, la del INE ahora, es que un grupo de distinguidos ciudadanos, de perfil moral intachable, de prestigio social amplio y carentes de afiliación o simpatía manifiesta por los partidos políticos, vigilasen, organizaren y condujeran los procesos electorales.

Pues no es el caso. Y sigo apostando a que nunca sabremos el costo del chistecito de las tres palabras o las cinco letras.

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