Debemos separarnos porque amor, ya no te tengo

Los delincuentes y sus operaciones se mudaron de Tijuana a Ciudad Juárez, de ahí a Torreón, luego a Guadalajara...

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Félix Cortés Camarillo 02/04/2014 01:50
Debemos separarnos porque amor, ya no te tengo

Graco Luis Ramírez Garrido Abreu no tiene la culpa. Tampoco merece la picota a la que han sometido al pobrecito de Fausto Vallejo, las miserias del gobernador Duarte o la triste figura de Ángel Aguirre Rivero. Vamos, ni siquiera el predilecto Eruviel merece la absolución ante la creciente violencia que se ha desatado en su estado y la zona que comparte con la capital del país. La situación de indefensión de los habitantes de los estados de la República no es consecuencia de la evidente incapacidad de sus gobernadores; en primer lugar, obedece al llamado efecto cucaracha, mediante el cual, los delincuentes y sus operaciones se mudaron de Tijuana a Ciudad Juárez, de ahí a Torreón, luego a Guadalajara para pasar al norte de Tamaulipas, luego Monterrey y ahora la zona montañosa de Michoacán y al estado de Morelos.

Hay una campaña intensa para desacreditar a Graco Ramírez, encabezada en parte por el supuesto poeta y supuesto periodista Javier Sicilia, cuya historia personal se entreteje lamentablemente con la pérdida sangrienta de un ser próximo. Lo cual no da licencia de corso para repartir las obleas de la absolución o los mandobles de la condena en temas de seguridad.

El origen de la violencia armada cuenta de manera primordial, entre sus raíces múltiples, al descontento social. Los ricos roban, ya se sabe; pero no lo hacen macana en mano ni al amparo del alba. Para eso tienen bancos. Eso tampoco exculpa al pobre, que para dar de comer a sus hijos, cuchillo en mano, despoje de sus calzas largas a quien se le antoje. Lo que más molesta, como diría Octavio Paz, que es cita inevitable en este siglo, es que le den patadas al pesebre que es nuestro idioma, puesto que es nuestro cobijo, nuestra única guarida.

Cuando puedo, desde hace más de un cuarto de siglo —para que se asusten los jóvenes—, disfruto del clima del valle cuauhahuaquense. Suelo regresar de Oacalco a la Ciudad de México por la carretera que pasa por Tepotzotlán. El tramo es más largo que regresar por la vía Cuautla-Cuernavaca, pero si no se interpone una pipa doble a vuelta de rueda, el otro es más pesado. Uno puede distraer aquí el ánimo con letreros que vengo viendo desde hace más de seis años: “Aquí se construirá un paso animal”, “aquí habrá un paso peatonal”. Más adelante un “paso de fauna” tiene reservación. Lo único cierto es que el paisaje del Tepozteco, monte mágico, si los hay, es incomparable al árido paraje que se extiende, pasando Cañón de Lobos, para entrar a la maraña gris y aburrida de Jiutepec, donde está el campo de golf San Raspar, llamado así en lugar de Gaspar, por la escasez de agua que le hereda una aridez notable.

Pero iba yo por la sinuosa y estrecha carretera: aquí se hará un paso vehicular. Uno lo que quisiera es que el paso vehicular por arriba terminara de ampliar las dos vías a por lo menos cuatro. Más adelante, hay reservación para un paso de fauna y uno quisiera ser un animal más. Pero que le cumplan.

Cada vez que voy a Morelos, mis amigos ignorantes me preguntan si no me da miedo. Cuando viajamos a Texas desde Monterrey, sus amigas le critican a mi mujer que exponga a nuestra hija a tales peligros. Perdona mi franqueza, que tal vez juzgues descaro.

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