Amores, muchos amores, habrás tenido

El concepto del todo incluido está matando en nuestro país a los prestadores de servicios locales.

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Félix Cortés Camarillo 01/04/2014 02:05
Amores, muchos amores, habrás tenido

Hace un par de años, con mi mujer y mi hija, nos fuimos a pasar unos días a las hermosas playas del Pacífico. Compramos, con una gran comodidad, un viaje all inclusive: avión, traslado al hotel, habitación, las tres comidas para los tres —y otras intermedias—, todos los tragos que mi gaznate requiriese, independientemente de su país de origen, juegos de playa y de jardín para la niña, y el inmenso mar de Puerto Vallarta adicionalmente. Nunca abandonamos el territorio del hotel. Todo incluido.

Me pareció entonces, y hasta hace poco me seguía pareciendo, el Paraíso en la Tierra. Nada de buscar un lugar dónde comer, nada de buscar un taxi, nada de nada. Todo estaba ahí, a la mano, y pagado desde endenantes. Una maravilla.

Don Armando Pezzotti maneja un par de restaurantes, que no conozco, en Cancún: el Labná y La Habichuela. Ayer me escribió para desvelar una realidad que yo ya percibía: el concepto del todo incluido está matando en México a los prestadores de servicios locales. Los huéspedes, que no salen de su hotel, no usan los servicios locales al turismo, que van desde la venta de artesanía fina y barata, los restaurantes y cantinas, los taxistas, el que le mueve la panza al turista, el parachut, las lanchas de pescadores, y hasta las prostiputas.

Concluye don Armando que “esto es solapado por las autoridades, que sólo les interesa conseguir inversión extranjera para ponerse la medallita”. Yo lo pondría de otro modo: las autoridades de turismo mexicanas, las federales y las locales, quieren colgarse efectivamente la medallita del volumen; cifras espectaculares para recitarle al señor Presidente cuando venga por el puerto: incrementamos en 120% el número de turistas que nos visitaron. Lo que no le dicen —y no le dirán a Peña Nieto— es que una gran mayoría de esos turistas pagaron previamente en su país de origen, dejando ahí el dinero, prácticamente todo lo que iban a gastar en nuestras playas, a compañías hoteleras generalmente trasnacionales. Alojamiento, comida, tragos, avión: prácticamente todo. Algo escurre al dueño del inmueble hotelero, a su operador y a los empleados; los que están afuera, de los taxistas a las putas, nada. Niente, Nichts. Pas de rien. Nichebo. Pero eso sí, cifras alegres para Peña Nieto.

Mientras todo esto sucede, el SAT y el SAE, dos importantísimas dependencias de la Secretaría de Hacienda y Crédito Público, el Servicio de Administración Tributaria y el Servicio de Administración y Enajenación de Bienes, respectivamente, mantienen bajo su cuidadosa custodia bienes que en su precio de mercado son valiosos, pero que en su potencial como generador de beneficios a la sociedad mexicana son incomparables. Se trata de embarcaciones de recreo, no menores a 80 pies de eslora, que los esnobs llaman yates. Solamente en noviembre de 2013 se revisó a más de dos mil de esos barcos: 388, a punta de pistola, fueron incautados. La mayoría sigue en custodia, mientras los propietarios, asquerosos gringos ricos que vienen a gozar de nuestras playas, nuestras, cochinos, pagan multas y derechos de importación temporal haciendo trámites para los que no falta un coyote local.

Esos mugrosos turistas no vienen a hoteles tout inclus. Anclan sus horripilantes barcotes en lujosas marinas cuyos slots cuestan un huevo. Se surten de combustible, viandas caras, vinos de alto precio, y como son unos horrendos pecaminosos, suelen irse de farra al pueblo, beber champaña de la cara y dar propinas. Toman taxis, comen en restaurantes de los mejores, invitan rondas, y así. Ya sabe usted cómo son los gringos de extravagantes.

Pues estos pinches gringos van a pagar fortunas para llevar sus botes —claro, cuando Hacienda se los libere— hasta el canal de Panamá para llevarse a gastar sus mugrosos y abundantes billetes verdes en Puerto Plata o La Romana de República Dominicana, en Oranjestad de Aruba, o en un lugarcito que yo me sé y que queda en Tortuga. Las secretarías de Turismo y de Hacienda podrán seguirle reportando al Presidente altos números de piratas del Caribe inmovilizados, multados y cautivos, y turistas baratos —no offense— de burócratas gringos que no gastan nada.

Porque todo, incluyendo las estrellitas de María Bonita, está incluido.

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