A la cachi, cachi porra

A algún inteligente se le ocurrió importar modos, métodos y leaders de las barras argentinas.

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Félix Cortés Camarillo 26/03/2014 01:48
A la cachi, cachi porra

La primera vez que fui a un estadio de futbol, mi papá y yo nos sentamos obviamente en el lado del sol, en las bancas largas, antes de que hubiera butacas. Yo le iba al Monterrey, obligadamente. En el curso del juego, se marcó un penalti a favor de los Rayados; me viré hacia el señor que estaba sentado tras de mí y que le iba al contrario y, por primera y única vez, hice gala de la sabiduría futbolística de un niño de ocho años: esto es como medio gol, le dije. Pues ojalá lo metan, me contestó, porque así nos llevan gol y medio de ventaja. Quiero decir con esto que el más popular de los deportes en el mundo ha sido siempre un espectáculo compartido por las familias, con seres humanos que saben entender sus discrepancias de afectos deportivos, en el entorno de pertenencia a una sociedad más amplia que los colores de la camiseta futbolística.

La porra es por lo general un grupo de jóvenes —en los Estados Unidos, muchachas muy guapas con ropa breve— que animan a los jugadores que sobre el campo juegan un partido deportivo. Porra, en Brasil, es una mala palabra: ahí se les llama torcida. En España pueden ser unos churros de harina fritos. En muchos otros sitios es el garrote del orden o el miembro viril, por semejanza.

Para los mexicanos, los porros fueron por años los malos estudiantes, físicamente bien dotados, que podían solventar los retos académicos acudiendo a los estadios a escandalizar a favor de los equipos deportivos de la UNAM. En sus ratos libres, las autoridades universitarias los utilizaban para ir a golpear, o al menos amenazar, a los opositores políticos. De ahí que haya porros en la Cámara de Diputados, en el gabinete, entre los periodistas, entre todos los políticos. Son, simplemente, golpeadores. Como fueron en su momento los halcones del jueves de Corpus.

En Argentina surgió en paralelo el fenómeno de las barras. Misma cosa: desempleados y lumpen que por un salario magro iban a los estadios con boleto pago para provocar al adversario y propiciar el salvajismo. Habían leído, y visto en la tele, que con el Ajax y el Liverpool —de Holanda y Gran Bretaña, respectivamente— los hooligans podían hacer en los estadios, y en las calles, y en los puertos, lo que se les diera la gana con una violencia desmedida. Y ese modelo decidieron seguir.

A algún inteligente se le ocurrió importar modos, métodos y leaders de las barras argentinas. El resultado lo vimos en muchos estadios mexicanos pero mayormente el fin de semana pasado en Jalisco, en el juego Guadalajara-Atlas. Por lo menos no hubo muertos, pero poco faltó.

La violencia en los estadios deportivos no puede ser atribuida solamente al alquiler irresponsable de golpeadores insensatos: los mexicanos estamos iracundos, todos, por la mala situación de la economía, por la inseguridad, por la crisis de valores. Territorio fértil para igniciones espontáneas. Si a esa hoguera le echamos un poco de alcohol, el resultado es previsible,

La Federación Mexicana de Futbol, que es la mafia que capitaliza todo el dinero del deporte de las patadas dentro y fuera de los estadios, se mantiene al margen. Ha sancionado al estadio sede de la garrotiza del fin de semana pasado con un partido sin público. Como si eso fuera a aliviar el problema. Peor aún: ha decidido que los integrantes de las barras, de las porras de Guadalajara, no sean admitidos en los estadios. Que ya no se permita el acceso a las porras a los estadios.

Los gobiernos británico y neerlandés acabaron con los hooligans. Los ficharon y, previo a los encuentros conflictivos, les impidieron viajar a las sedes de los juegos o adquirir boletos para los partidos. Algo que las autoridades mexicanas pueden hacer, desde luego, con la mano en la cintura.

Mi abuela decía que cuando la palabra falla, entra la vara. Era de membrillo. Y sobre las meras nalgas.

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