Cara al Sol, con la camisa nueva

Adolfo Suárez legalizó el Partido Comunista. Aguantó la reacción que llevó a Antonio Tejero a disparar en la cámara de representantes

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Félix Cortés Camarillo 25/03/2014 02:38
Cara al Sol, con la camisa nueva

Pero nada pueden bombas, rumba, la rumba, y la rumba la donde sobra corazón, Ay Carmela, ay Carmela, 1938

 

En el título de esta columna se recuerda el himno de los franquistas; en el epígrafe, una de las canciones de los republicanos. A partir de hoy, el aeropuerto internacional Madrid-Barajas se llama Aeropuerto Adolfo Suárez. Es un mínimo homenaje de los muchos que España tiene que rendir a uno de los más importantes factores de la transición de su país, para pasar de la dictadura de Francisco Franco a un país moderno, democrático y —sobre todo— reconciliado consigo mismo. Yo diría que Adolfo Suárez es muy probablemente el padre de la España adulta.

Adolfo Suárez murió la madrugada del domingo en Madrid.

La España franquista, que sin libertades pudo levantarse de una rabiosa guerra civil que había sido campo experimental de nuevas armas para Hitler —de un bombardeo así surgió el cuadro el Guernica, de Picasso— para convertirse en una economía pujante, era un pueblo dividido. No podía olvidar, y mucho menos perdonar, las ofensas recibidas. En menos de tres años de guerra fratricida dejó un millón, dos, de víctimas directas. El número es irrelevante cuando el dolor es bueno.

A la muerte de Franco, la necesidad de España era de reconciliación, reconstrucción, remodelación y nuevo rumbo. No podía ser otro que el de la democracia. Para la conducción no podía convocarse a ninguno de los miembros distinguidos de la Falange derechista ni a representante alguno del Frente Popular, de las llamadas izquierdas. Entre otras cosas porque todos estaban muertos o en el exilio. Adolfo Suárez, cercano al rey Juan Carlos en su vocación conciliadora, era la persona indicada para el intento, a pesar de —yo diría que gracias a— su pasado ligado a la Falange. Adolfo Suárez, con sus modos de señorito de Ávila, su facha de galán de cine y su verbo incendiario, podía hacerlo.

Adolfo Suárez legalizó el Partido Comunista, causando tremor en su país. Aguantó la reacción de las derechas que llevó a Antonio Tejero a disparar en la cámara de representantes, Las Cortes, en un fallido golpe de Estado, y le hizo frente personalmente; en esos tiempos hacer frente quería decir, con una pistola encañonando su pecho, gritarle al teniente coronel “cuádrese”, para que el golpista bajara el arma. La España democrática, plural, de todos los españoles, estaba naciendo.

Luego vendría en la alternancia la confirmación de aquel parto. Los Calvo Sotelo, Felipe González, José María Aznar, Rodríguez Zapatero o Rajoy. Sin el cimiento que dejó Adolfo Suárez, no hubieran sido.

Adolfo Suárez dejó de ser durante los últimos diez años. Los males de la salud le hicieron perder a Amparo Iliana, su esposa, y a Mariam, hija de ambos. El despiadado Alzheimer, la demencia senil, le privó a él de su memoria privilegiada. Se le olvidó quién era él. Es digna de respeto y admiración la manera en que España se ha volcado para recordar precisamente eso.

Pilón.-¿Qué se necesita que pase para que a los beodos que van a los estadios de futbol a golpear y a agredir les pongan un alto? ¿Quieren algún muerto? No creo que a los industriales de la cerveza, patrocinadores del deporte nacional, les interese eso.

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