Arnulfo se devolvió

COMPARTIR 
Félix Cortés Camarillo 24/03/2014 01:48
Arnulfo se devolvió

Oiga, amigo, no se vaya, acábeme de matar.

                Lalo González, Piporro

 

Estamos a punto de culminar un experimento de gobierno que no tiene precedentes  en la historia de México. Los afanes reformistas de las anteriores administraciones habían alterado modos y procedimientos, pero conservado intacta la estructura de un estado del capitalismo paternalista conciliador que, a costa de evitar cualquier asomo de lucha de clases sociales, cedió y concedió en sus diferentes etapas posiciones de poder a los principales actores.

Así se desarrolló el sindicalismo mexicano, una instancia de los poderes fácticos indispensable para el aparato de gobierno con su complicidad frecuentemente abyecta: las mantas del primero de mayo, fecha celebratoria de las luchas obreras, repetían cada sexenio un “gracias, señor Presidente”, que emitían los líderes sindicales, pero cuyo peso cargaban los trabajadores.

Los empresarios, los dueños del capital, fueron destinatarios de ventajas fiscales y apoyos en la tramitología burocrática, detalles no exentos de la corrupción que obligaba a pagar un porcentaje de los beneficios obtenidos con la dispensa que se les entregaba. Todo a cambio de que generaran empleos, cuya remuneración periódicamente se revisó con el objetivo único de que las huelgas que se proclamaban nunca estallaran. Cuando llegaron a estallar —ferrocarrileros, médicos, maestros—, una mezcla de represión y corrupción evitó que la sangre llegara al río. Es un decir.

Los trabajadores y la clase media pudieron crecer; poco, pero con certeza. Hubo un Instituto Mexicano del Seguro Social que, con modestia, atendía a los enfermos necesitados y llegó a ser ejemplo de varios países latinoamericanos. La universidad pública comenzó a destacar: en mi pueblo, los médicos colocaban en la fachada de sus consultorios carteles donde se subrayaba que eran egresados de la UNAM. El sueño de mi padre, como de todos los padres de mi generación, era que nosotros pudiésemos tener acceso a la educación superior. Hoy nada de eso es cierto: el IMSS está en quiebra y los empleadores discriminan a los egresados de universidades públicas, a la vista de que ellas se han convertido en avisperos políticos de cuarta. Los padres quieren para sus hijos una chamba en el gobierno.

Las reformas de Enrique Peña Nieto son diferentes a todas las anteriores y tienen la confesa intención de cambiar los principios del Estado mexicano, sin realmente cambiarlo. Conservando el marco económico de un país capitalista, pretenden erigir por encima de todos los integrantes del Estado a un gobierno voraz, agresivo e implacable. Un Estado que el Partido Demócrata de Estados Unidos pretende imponer en cada ejercicio, mientras los republicanos prefieren una burocracia más magra, menos henchida de poder.

De esta suerte, las reformas que tienen que ver con la economía han molestado a todos sus actores: los empresarios están irritados, las clases medias están dolidas, los trabajadores están jodidos, los políticos —que no juegan en la economía otro papel que el del gasto— están felices. Por ello, son los únicos dispuestos a entonar el ritornello del “gracias, señor Presidente” por los favores recibidos.

Si a esto se agrega la cereza del helado, la puntilla al país, que es la reforma de las leyes de competencia, que al pretender luchar contra los monopolios le cortará las alas a los empresarios mexicanos más osados, valientes, capaces, patriotas y decididos, la crisis económica que nos está ahogando y el forzado optimismo de crecer este año, que ya agotó sus primeros tres meses, al ritmo de 3.9%, a uno se le antoja decir como Arnulfo, el del corrido: oiga, amigo, no se vaya, falta mi contestación.

Comparte esta entrada

Comentarios