Alma llanera

El problema de Venezuela se agravó con Nicolás Maduro: a los problemas que las inflexibles leyes de la economía imponen, agregó su propia torpeza agresiva y bestial. Sin la capacidad seductora de Hugo Chávez, se quedó solamente con el discurso de los espinaos, la bravata y el desplante.

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Félix Cortés Camarillo 11/03/2014 02:31
Alma llanera

Cuando fui a la China de Mao, hace muchos años, y me asombré de cómo estaban orgullosos los ciudadanos comunes y corrientes llevando una vida muy parecida a la de los pobres de América Latina, con graves deficiencias en el abasto, viviendas pequeñas y poco salubres, vestido de uniforme azul añil de manta gruesa, el traductor me dio una simple y creo sincera explicación: durante siglos, me dijo, los chinos éramos un pueblo de muy pocos inmensamente ricos y muchísimos millones de inmensamente miserables. Hoy somos un pueblo de muchos millones de pobres. Hemos avanzado.

Cuando a la Revolución Cubana se le acabó el embrujo de los barbudos de la Sierra Maestra y los adinerados se fueron pa’Miami, aquellos que nunca habían tenido nada comenzaron a tener un poquito, aun con la libreta de racionamiento. Tiene más un pobre cuando enriquece que un rico cuando empobrece, decía la abuela.

Un sobrino mío pasó un largo periodo en la Venezuela de Chávez, haciendo prácticas médicas de posgrado y regresó convencido de que la gente, en su mayoría, estaba con el líder. Sí, ya empezaban a escasear la leche, el aceite y el papel de baño. Pero esos eran bienes a los que los camisas rojas nunca habían podido acceder.

El problema de Venezuela se agravó con Nicolás Maduro: a los problemas que las inflexibles leyes de la economía imponen, agregó su propia torpeza agresiva y bestial. Sin la capacidad seductora de Hugo Chávez, se quedó solamente con el discurso de los espinaos, la bravata y el desplante.

Por eso la crisis venezolana no desembocará, como pudiera pensarse, en una guerra civil; aunque las multitudes a favor y en contra del régimen puedan en las concentraciones urbanas verse de tamaño semejante, es evidente que los principales damnificados en la crisis venezolana son sus clases medias. Los que pudieron, se fueron a tiempo a poner sus inversiones en Fort Lauderdale o en Cayo Hueso. Se quedaron acaso los politizados de clase media, esos que son los únicos a los que importan cosas como la libertad de prensa, la libre manifestación de ideas, la democracia y esos cuentos.

El desmoronamiento de un país de presunta riqueza inacabable no puede continuar indefinidamente, con los índices de inflación arriba de 40%; sin alimentos que comprar en los anaqueles de las tiendas vacías. De aquí se sigue el saqueo, la represión, las protestas internacionales, los arreglos en lo oscurito y un joven militar dispuesto a meterse a redentor sin salir crucificado, esto es, sin sacrificar en el movimiento castrense, que sin duda vendrá, los privilegios de la alta soldadesca.

No se necesita haber tomado cursos de adivinación por correspondencia para poder diseñar el lamentable futuro de los hermanos de la espuma, de la zarza, de las rosas y del sol.

No se necesita ser un docto sociólogo para entender que esta película ya la vimos y que, tarde o temprano, los pueblos que sufren extrema pobreza encuentran liderazgos que conduzcan sus odios y rencores para quitar de la silla de mando a los que están para ponerse ellos. Como en China. Probablemente consigan reducir el número de los inmensamente ricos. Tal vez los inmensamente miserables alcancen la categoría de pobres.

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