Hablando de mujeres y canciones

Nadie parece pensar que el recalentado de la Guerra Fría pueda ponernos, como en los años 70 del siglo pasado, al borde de una catástrofe.

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Félix Cortés Camarillo 10/03/2014 01:17
Hablando  de mujeres  y canciones

Mujeres bellas las hay en todo el mundo, en cualquier rincón. Lo difícil a veces es encontrarlas; con frecuencia, lo más difícil es convencerlas. Lo único cierto es que los criterios estéticos son mutantes en el tiempo y la circunstancia cultural; igualmente es cierto que los mestizajes contribuyen al mejoramiento de las especies, contrariamente a la secular convicción de los llamados nobles de que las uniones endogámicas eran el mejor camino de evitar contaminaciones indeseables. De ahí el degenere que acabó afeando a los de sangre azul de manera brutal.

Durante las últimas semanas, por circunstancias comprensibles, he escuchado que las mujeres de Ucrania son las más bellas del mundo. Sin cuestionar el aserto, yo añadiría a esa categoría a las polacas, costarricenses, moravas, venezolanas, checas, colombianas, sinaloenses, porteñas de Buenos Aires, sonorenses, alemanas, regiomontanas, cubanas… Cada quien habla de la feria como le fue en ella.

Viene esto a cuento por el origen del conflicto en torno a Crimea, Ucrania, el Mar Negro y el peligro de que la fallecida Guerra Fría entre al estado de recalentado.

A la caída del Imperio Romano, el cristianismo puso dos casas; una en Roma y la otra en Bizancio. Poco después vendría el empuje del Imperio Otomano, el fortalecimiento del Papado, desarrollo de la Iglesia ortodoxa griega y la creciente influencia del Islam en el mundo conocido. Este universo tripartito tenía su punto de confluencia en Kiev, la hoy capital de Ucrania. Convergencia de intereses, poderes, culturas, individuos, etnias y ambiciones, era el ombligo del mundo: la salida o entrada al Mar Negro, del o al Mediterráneo. De ahí son las bellas mujeres, que compiten en atributos y comparten circunstancia geopolítica con las circasianas, que para los mexicanos tienen una referencia histórica.

Suele pensarse que, con los adelantos tecnológicos en términos de armamento, las posesiones territoriales dejaron de tener importancia. El actual conflicto por la posesión y dominio de Ucrania, de la península de Crimea, de la base naval de Sebastopol, demuestra lo contrario. La conversión del conflicto geopolítico en uno étnico le hace peligrosamente retrógrado. Los rusos implantados por el padrecito Stalin en Crimea para una colonización semejante a la de Palestina, política y militarmente planeada, pueden devenir —lo están haciendo hoy— en manifestantes solidarios con Moscú cada vez más agresivos hacia los turcos y otras nacionalidades.

Nadie parece pensar que el recalentado de la Guerra Fría pueda ponernos nuevamente, como en los años 70 del siglo pasado, al borde de una catástrofe. Pero tampoco podemos regocijarnos con lo que está pasando en Kiev, punto de encuentro de civilizaciones y culturas, de credos y descréditos. Con sus defectos a cuestas, Vladimir Putin y Barack Obama tienen la obligación de comprender que este siglo es diferente de aquel en el que nacieron, y que la historia universal contemporánea exige otra ortografía. Una que vaya más acorde con la belleza mestiza de las mujeres ucranianas.

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