Si te vienen a contar

El Estado mexicano está ahora, más que nunca, obligado a cumplir con la cantaleta frecuente de ir hasta las últimas consecuencias.

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Félix Cortés Camarillo 07/03/2014 01:41
Si te vienen a contar

Fue José López Portillo quien nos advirtió del peligro de convertirnos en un país de cínicos. Yo no me quiero quedar atrás: nos estamos transformando en un país de prófugos. No solamente El Chayo —que no estaba muerto y sí anda de parranda— sigue a salto de mata por los parajes de Michoacán. Al populacho le gustaría saber dónde andan El Mayo Zambada, Gastón Azcárraga o los accionistas y directivos de Oceanografía. No se vería mal que los hermanos Bribiesca Sahagún dieran la cara para aclarar su papel de gestores ante Pemex, o César Nava contara de su desempeño a su paso por la petrolera. Debieran aprovechar la temporada, que es la de los deslindes a toda prisa como el de Gustavo Madero, pasajero de lujo en un avión de cuyos propietarios ni idea tuvo. Son puros cuentos que hay por ahí; yo te lo juro que yo no fui.

Es que Citigroup no solamente encueró los trastupijes de la principal proveedora de servicios a Pemex durante los dos sexenios panistas: de paso le metió un torpedo, marca diablo, a todo el sistema político-financiero-corrupto-administrativo de México, un desnudo artístico que incluye la propia ropita interior de su Banamex querido. Es totalmente increíble la permisividad con la que altos funcionarios bancarios, expertos en la materia, creyeron la legitimidad de los documentos presentados por Oceanografía en garantía —cuentas millonarias por cobrar— para otorgar el préstamo que ahora se llama fraude. O fueron muy ineptos o forman parte del esquema de corrupción. No hubo sospecha alguna hasta el momento en que Oceanografía fue inhabilitada para hacer negocios con Pemex, el mes pasado. Entonces sí se le ocurrió a Banamex pedirle a la empresa petrolera que le dijera si eran válidos los pagarés que obraban en su poder, como garantía. Desde luego, no lo eran.

Y la lista de sospechosos tiene que ser necesariamente más larga. Hubo cuatro directores generales de Pemex durante los sexenios de Vicente Fox y Felipe Calderón, cuando la empresa al borde de la quiebra pasó a la prosperidad ostentosa: Raúl Muñoz Leos, Luis Ramírez Corzo, Jesús Reyes Heroles y Juan José Suárez Coppel. Hay un director general de Pemex desde hace más de un año, en el equipo de Enrique Peña Nieto. El año transcurrido de esta administración fue también de bonanza para los hoy señalados como defraudadores.

Se ha soltado una avalancha. Tratar de detenerla será en mayor desprestigio de lo que ya desprestigiado está, todo un sistema de componendas, compadrazgos, complicidades, instrucciones secretas, costos de poder, cuotas de lealtad y saqueo persistente y millonario, del que solamente hemos visto la puntita del iceberg. ¿Con qué cara vamos a invitar a los inversionistas extranjeros a que aprovechen las nuevas condiciones de la industria energética en nuestro país, si precisamente en ella se pudo dar el escandaloso fraude, aunque no tenga patente de exclusividad?

El Estado mexicano está ahora, más que nunca, obligado a cumplir con la cantaleta frecuente de ir hasta las últimas consecuencias, caiga quien caiga. Son demasiados los hilos que conducen en vertical a gente de altísimas posiciones en el aparato del gobierno, especialmente los dos sexenios anteriores, o en los terrenos del gran capital. De otra forma, todo el esfuerzo de transformación que hemos tenido que asimilar en tiempo récord, todas las reformas estructurales que nos quieren hacer pasar como la panacea del desarrollo, perderán legitimidad. La moneda que urgentemente necesita el presidente Peña Nieto.

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