¿A dónde irá, veloz y fatigada..?

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Félix Cortés Camarillo 26/02/2014 03:28
¿A dónde irá, veloz y fatigada..?

Antes de las elecciones de 2009, un alto ejecutivo que trabajaba conmigo en Monterrey se mostró preocupado porque, a la vista de las capacidades manifiestas, Fernando Elizondo podría ganar la gubernatura de Nuevo León por encima del priista Rodrigo Medina de la Cruz. Tuve que explicarle que, a partir de esas elecciones, todas las siguientes en México iban a estar fuertemente determinadas por el factor icónico. Mi punto se ha comprobado flagrantemente. En los resultados de 2009 no predominó el peso de las posturas o la fortaleza de los programas, sino la fuerza de la imagen.

Bastaba circular por las márgenes del río Santa Catarina y observar los anuncios espectaculares sucesivos de los dos candidatos. Al lado de la imagen fresca y rolliza de un sonriente joven rubio y de ojos azules, aparecía la foto de igual tamaño de un señor adusto, calvo, flaco y seco, que parecía ser mayor que yo, aunque es exactamente siete años más joven. No era importante quién era el mejor candidato: a partir de ahora lo primero es la apariencia.

En 2012 el fenómeno se repitió, y no me refiero al obvio caso de Enrique Peña Nieto, de apolínea presencia y modos mediáticos estudiados, producidos y dirigidos. En el mismo Monterrey, Margarita Arellanes, panista, mujer de edad mediana, atractiva, y nuevamente rubia —así fuera teñida—, le ganó la alcaldía a Felipe Enríquez, compadre del hoy presidente. Nadie tomó en cuenta las propuestas ni los programas sino la simpatía y apariencia personal; ni siquiera el desprestigio que Fernando Larrazabal, su antecesor en el cargo, le había heredado, hizo mella en los conteos de los sufragios por Margarita. Desde luego, los regios no adivinaban que más tarde, en un trance de inspiración divina, iba a entregar el poder —es un tropo— en las manos de Nuestro Señor Jesucristo.

Fernando Elizondo Barragán acaba de renunciar a 13 años de militancia en el Partido Acción Nacional mediante una carta que señala la tremenda frustración que un panista de los de viejo cuño siente al observar lo que pasa con el partido que lo llevó a una gubernatura efímera y una secretaría de Estado: “Corrupción, opacidad, acarreo, afiliación masiva, compra y coacción del voto interno y externo, uso de recursos públicos con fines partidistas, clientelismo, puestos públicos como botín, subordinación del bien común al beneficio personal y de grupo, la mentira y el cinismo como estrategia… este es el sentimiento de un enorme y creciente número de ciudadanos que con razón dicen: todos son lo mismo”. Eso es lo que dice Elizondo. Precisamente a horas de que el PAN lanzara su convocatoria ayer para la renovación de sus cuadros directivos.

Don Fernando es una vez más emblemático, pero en un contexto mucho más serio y profundo. Su postura, seria, decente, pone al descubierto la tremenda descomposición que se ha apoderado del más antiguo partido político mexicano, y —en el pasado— uno de los más sólidos en cuanto a programa y proyecto.

Porque aunque la carta está dirigida a Gustavo Madero, presidente del partido, los conceptos pueden acomodarse a todos los personeros actuales de esa institución. Felipe Calderón, Javier Lozano, Ernesto Cordero, Luis Alberto Villarreal, Jorge Luis Preciado. La lista es larga y ese saco es talla única: one size fits all.

Siendo encomiable la salida de Elizondo, no debe causarnos regocijo la quiebra moral e intelectual de su partido, como solamente a los bobos puede alegrar el deterioro del PRD, en un país necesitado de partidos políticos, de juego democrático, de civilidad avanzada, de política limpia y de políticos decentes.

Al político renunciante los agoreros inventan diferentes destinos, notablemente repetir en búsqueda de la gubernatura de Nuevo León el año próximo, cosa técnicamente casi imposible; tampoco creo que Fernando Elizondo, de los ricos de Monterrey, quiera que lo metan en el saco de que todos son lo mismo.

Pero, a ver.

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