El último café

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Félix Cortés Camarillo 25/02/2014 01:47
El último café

Triste destino el de un hombre que, durante años, tuvo en sus manos la fortuna material necesaria para comprar lealtades y balas, mujeres y haciendas, y nunca pudo cabalmente salir con su hija de la mano a tomarse una nieve en la plaza de su pueblo. Pobre del pobre que tiene que huir por las alcantarillas, sin poder disponer de los millones de pesos o dólares que tiene, tuvo o se le atribuyen. En fin, así se hacen las historias. Cual más cual menos, cada medio se figuró los detalles de la captura de El Chapo Guzmán, a falta de información que nunca obtendremos, o de versiones que ya se han entregado fielmente —antes “se filtraban”, ahora se regalan— a los favoritos en turno, con facilidades extraordinarias para lograr exclusivas. La construcción del mito sinaloense incluye los restoranes de lujo tomados con clientela incluida para que el señor pudiera cenar a gusto con sus amigos. Pagaba todas las cuentas y coñac para todos al final, a cambio de que, por un par de horas, permitieran los comensales de ocasión que sus teléfonos celulares fueran retenidos. No se les fuera a ocurrir llamarle a algún paparazzo para la foto del recuerdo.

Los prodigios de la tecnología de comunicaciones ayudaron al personaje de fábula en su tortuoso sendero de escondrijo en escondrijo sin que le capturaran. La misma tecnología permitió aparentemente que su teléfono satelital, casi imposible de detectar, diera la pista definitiva sobre la fuga por las cañerías de Culiacán y la estadía de Guzmán sobre el malecón que este fin de semana verá pasar el famosísimo carnaval de Mazatlán que los jarochos dicen que no supera al suyo.

En la inmensa parafernalia que hoy constituye trofeos de guerra de un importante episodio de la vida nacional reciente, el teléfono satelital de El Chapo Guzmán ocupa el primerísimo lugar. Quiero suponer que se encuentra en manos de la Procuraduría General de la República, cuyos técnicos especializados ya habrán descargado la lista de números telefónicos a los que de ahí se llamaba.

Pero además del artefacto, la propia voz del detenido —que por lo informado hasta ahora sobre su traslado a la capital de la República no parece proclive al mutismo— debe estar siendo ya fuente de abundante información sobre la larga lista de cómplices, asociados, achichincles, mensajeros, guardaespaldas, clientes, distribuidores, asesores, proveedores...

Pero sobre todo protectores.

Los que facilitaron y ejecutaron su cinematográfica fuga del penal de alta (je, je) seguridad; los que aseguraron durante largos años que pudiera organizar rumbosas y prolongadas pachangas con distinguidos invitados; los que garantizaron todo el tiempo protección a los caminos, rumbos y refugios; los que aportaron todo este tiempo vigilancia, cobijo, silencio y alerta.

Porque para bailar el tango se necesitan dos. Y este último café no ha terminado de ver la última vuelta de la cuchara. Como dicen que varias veces los operativos para capturar a este sujeto terminaban encontrando mesas puestas, platos a medio consumo y tazas de café humeante, este café está caliente. No debemos llamarnos a sorpresa si de pronto uno que otro funcionario de cuño reciente o actual desaparece del panorama público para buscar en los escondites, que por el momento El Chapo no puede utilizar, un refugio a la cola que alguien muy pronto querrá pisar. No debemos llamarnos a sorpresa si de pronto algunas cuentas bancarias dentro y fuera del país cambian de rumbo.

Yo me llamaría a sorpresa si todavía no lo hicieron.

Fuera de eso, el presidente Peña Nieto tiene razón al refrenar a quienes quisieran tañer las campanas jubilosas del triunfo. La captura es importante, sin duda, pero en la mecánica de la hidra del crimen, hay siete cabezas listas para sustituir mañana a la cortada hoy.

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