Chattanooga Choo Choo

Salinas, Fox, el mismo Zedillo y Calderón tienen el derecho a seguir participando como ciudadanos muy informados en la vida política de este país.

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Félix Cortés Camarillo 14/02/2014 02:12
Chattanooga Choo Choo

La afirmación de que el único retorno que Felipe Calderón tiene ahora en mente es su viaje de regreso a Boston, sin interés ni participación alguna en el inminente proceso de renovación —o no— del PAN, es tan creíble como la promesa de llevar a juicio a Ernesto Zedillo por el nunca esclarecido procedimiento para entregar los ferrocarriles nacionales de México a dos compañías estadunidenses. Desde luego que un expresidente mueve todos los hilos de los llamados corderistas unidos contra Madero y el otro puede seguir tranquilo, sin pensión del Estado, recibiendo emolumentos como consejero de los ferroviarios gringos.

Yo no creo que la vieja regla no escrita por el PRI, de que los expresidentes por su mera condición tengan que vivir en un ostracismo sigiloso y bien pagado sea respetable en estos tiempos. La lealtad partidista es algo que ha cambiado de manera radical y en estricto sentido se trata de personas que supuestamente tienen una preparación política superior a la de los mortales y —desde luego— se llevaron consigo, entre otras cosas, la experiencia de haber sido el lugarteniente de Dios en este país. La juventud de los nuevos jefes del Ejecutivo en México hace que pasen a retiro a edades en que el resto de los mexicanos seguimos trabajando, y en donde todos debemos aportar el máximo esfuerzo por servir a nuestro país en cualquier forma.

Carlos Salinas de Gortari, Vicente Fox, el mismo Zedillo y Calderón, sin pasar a considerar sus virtudes intelectuales o vicios éticos, tienen el derecho a seguir participando como ciudadanos muy informados en la vida política de este país; no en lo oscurito o mediante cifrados mensajes como los de Salinas de Gortari esta semana, sino de manera abierta y dentro de los partidos políticos a los que una vez pertenecieron. Aunque no sea el caso de Vicente Fox, que nunca fue panista o de Zedillo que nunca fue del PRI.

En sus compromisos de campaña, el presidente Enrique Peña Nieto hizo despertar una esperanza de que el gravísimo error de aniquilar los ferrocarriles pudiera tener un asomo de remedio. Hasta en el discurso de ayer, Peña Nieto sólo ha hablado de un ferrocarril turístico en la península de Yucatán y un par de minitrenes de cercanías en el centro del país. Nadie ha recuperado la nada loca idea de un tren bala que uniera Tijuana con Chetumal, Tampico con Mazatlán, Nuevo Laredo con Lázaro Cárdenas. El transporte de mercancías y de personas iba a mejorar notablemente si alcanzamos la mitad del nivel de ferrocarriles que tienen los europeos o los asiáticos.

El afán de copiar los modelos estadunidenses de desarrollo, en este caso el modelo de California y no el de la costa este, hizo que gradualmente abandonáramos la vía férrea que puso el Porfiriato para irnos por las carreteras que empezó a desarrollar el alemanismo. No logramos llegar a implementar una red carretera suficiente y moderna, y dejamos morir los ferrocarriles de inanición, para luego venderlos baratos al precio de los derechos de vía cuando mucho.

No, sería necesario un rencor personal hacia Ernesto Zedillo para pedirle que rinda cuentas de nuestros ferrocarriles, y no es el caso. Pero si el renovado interés de llevar cosas y personas por la vía férrea sigue vivo, ahí hay un terreno de oportunidad para, por un lado, aplicar el gasto público generando empleos y, por el otro, darle una plataforma al desarrollo industrial y comercial que ya, ahora mismo, México está necesitando.

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