¿Amics per sempre?

La crítica fundamental es la monetaria. Al igual que México en 1968, Rusia se está gastando dinero que no tiene...

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Félix Cortés Camarillo 10/02/2014 01:59
¿Amics per sempre?

No es nada de qué presumir, ni de qué avergonzarse: he tenido la suerte de presenciar a la distancia, en vivo, ininterrumpidamente, todas las ceremonias de inauguración de Juegos Olímpicos desde 1968 hasta el viernes pasado. En mi opinión, la más espectacular y hermosa fue la de 1982 en Barcelona, así como la canción más bella hecha para el efecto fue Amigos para Siempre, de Andrew Lloyd Webber, cantada por la segunda exesposa de Webber, Sarah Brightman, y José Carreras

La inauguración de los Juegos Olímpicos de Invierno en Sochi, Federación Rusa,  fue una fiesta espectacular, ramplona, patriotera y carente de la idea incluyente de Barcelona —pueblo sujeto a la controversia tribal de Iberia— de amigos para siempre, todos habitantes de la misma aldea global. Pero eso es cuestión de gustos y en éstos se rompen géneros. A mí lo que me interesa hoy es lo que se rompe en los petates.

Los Juegos Olímpicos de invierno que corren ahora en Sochi, sobreviendo el Mar Negro, en terrenos de Circasia, el hogar de los circasianos, medio turcos y medio abjasios, que fue anexado por Rusia en 1824, son una tremenda contradicción al espíritu olímpico que hizo a Pierre de Frédy, barón de Coubertin, restaurar en 1889 la idea de unos juegos olímpicos que a través del deporte fomentaran la unidad entre los pueblos.

La idea olímpica, pese a todos los pesares, ha sobrevivido a las embestidas de la politización; en 1936, Adolfo Hitler fue la estrella negra de las Olimpiadas de Berlín, precedido en el estadio por el dirigible Hindenburg sobre el cielo berlinés; Gustavo Díaz Ordaz cargó con las medallas oscuras de 1968;  la Unión Soviética casi destruye los juegos de 1980, por cuestiones de Estado. Vladimir Putin está haciendo lo propio en Sochi, dejando su trasero muy al aire.

La crítica fundamental es la monetaria. Al igual que México en 1968, Rusia se está gastando dinero que no tiene, de la misma manera que Brasil lo está haciendo con la Copa del Mundo de futbol; todos en pos de ganarse el lustre internacional, la fama, la inversión extranjera, la luz del turismo y el orgullo nacional proyectado hacia el proyecto político interno. Pero el dinero es tan sólo vanidad.

Si el proyecto de Vladimir Putin de gastarse más de 50 mil millones de dólares en su magna empresa de propaganda obedece a su mentalidad de antiguo jefe de la KGB, no responde menos a ella la rampante intolerancia a la que en pensamiento palabra y obra los Juegos Olímpicos de Sochi se han adherido. La más notoria es la intolerancia hacia la diversidad sexual. En este siglo, en que finalmente la humanidad se ha convencido de que no puede haber un patrón único de conducta y preferencia sexual, la persecución a los que no piensan y sienten igual que el señor Putin ha ido a los extremos. La intolerancia sexual es manifestación de una tozudez mucho más profunda que no soporta la libertad creativa ni las explosiones de oposición más espectaculares que efectivas de las chicas moscovitas que se encueran a la menor provocación en Notre Dame de París o la Plaza Roja de Moscú, las integrantes de Femen. De ahí a mandar matar a los perros callejeros hay un paso. El mismo que saca a los mendigos de las calles de toda ciudad occidental que se respete cuando se acerca un evento internacional al que se esperan muchos visitantes, que —fuchi, qué asco— no deben vernos los calzones sucios. ¿Amics per Sempre?

En estos tiempos, en que el patrón oro se ha apropiado de los deportes a escala internacional, llámense Super Bowl, Copa del Mundo o Juegos Olímpicos de cualquier calaña, valdría la pena una reconsideración sobre los ideales que alguna vez animaron a los que querían ir más rápido, ser más fuertes y brincar más alto.

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