Hay ausencias que triunfan

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Félix Cortés Camarillo 07/02/2014 01:05
Hay ausencias que triunfan

Como la mayoría de los mexicanos, no tengo idea de cómo se integró la comisión para celebrar el centenario, dentro de tres años, de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos, comisión instalada solemnemente en Querétaro por el presidente Enrique Peña Nieto el miércoles pasado. Mi única aspiración es que dicha comisión no se empeñe en construir su propia versión de la estela de la corrupción del presidente Calderón.

Como la mayoría de los mexicanos, yo que fui del amor ave de paso y mariposa de mil flores, tampoco aspiro a formar parte de ese panteón ilustre de ciudadanos distinguidos con cargos onerosos que sirven para nada; no se me malinterprete. Cuando, creo que por insaculación, se requirió mi presencia como funcionario de casilla en las pasadas elecciones, acudí puntual y sin excusa a cumplir mis obligaciones ciudadanas. Pero de ahí a que ande en busca de figurar en esos aquelarres, yo paso. Y, sin embargo, en esta ocasión la cosa cambia. Me hubiera encantado que me invitaran a formar parte de esa comisión celebratoria. Es más, si todavía es tiempo propongo mi nombre para que se añada a los seleccionados. Sin emolumento alguno, sin tarjetas de presentación, vehículo oficial, chofer o charola de influyente.

Lo que pasa, sencillamente, es que yo SÍ tengo una propuesta válida, congruente y digna para celebrar cien años de la constitución carrancista: tirarla a la basura y hacer una nueva.

En 1917, las diferentes pandillas de cuatreros y salteadores que se llaman revolucionarios decidieron dejar de matarse y repartirse el enorme botín que el país significó. Los constituyentes tomaron entonces el cascarón de la Constitución de 1857, Ley Juárez, Ley Lerdo, derechos fundamentales, y le añadieron lo que cada una de las pandillas en la liza quería. La Constitución de 1857 eran ocho títulos y 128 artículos. La de 1917 fue una Constitución hecha a la medida del cliente.

Ese mal de origen se ha venido eternizando. La Carta Magna que teóricamente nos rige ha sufrido —sin contar las del año pasado— 562 reformas, enmiendas, adiciones y derogaciones. Felipe Calderón es líder en este departamento con 110 reformas. Zedillo nada más mandó hacer 77 y De la Madrid 66. Todo ese medio millar de modificaciones al texto fundamental de la nación no fueron más que adaptaciones al estilo personal de gobernar del presidente en turno, y a los intereses de los factores de poder económico y político.

Sounds familiar, eh?

La Constitución de los Estados Unidos de Norteamerica es un folletito delgado con el enunciado de los principios de la convivencia en sociedad. Luego hay trece enmiendas sobre asuntos específicos. Todos los gringos se saben la primera, la segunda y la quinta enmiendas, porque esas son las importantes: la primera es la libertad de expresión, reunión y cambio de gobierno, la segunda da el derecho a los ciudadanos de poseer armas y la quinta impide que, en sus declaraciones judiciales, uno se incrimine a sí mismo. Lo que copia el artículo 20 nuestro.

A fuerza de darle martillazos para hacerla a modo del gobernante, la Constitución actual es larga, confusa, contradictoria a veces, y oscura. Por encima de todo ello, es objeto de violación tumultuaria todos los días. Por eso hay que acabar con ella. Tirarla a la basura y hacer una nueva, moderna, sencilla, concisa, clara, justa, inteligente. Las leyes secundarias que sean eso; secundarias, accesorias, perecibles, transitorias, temporales, lo que se quiera. Pero tener una Constitución que todos conozcamos, respetemos y hagamos efectiva.

No creo que me vayan a invitar a este comité, que lo más que puede hacer es un calendario de festejos de kermesse. Pero hay ausencias que triunfan, dice Álvaro Carrillo.

Dudo que la nuestra triunfe.

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