Hey Dude

La revolución sexual y de adicciones tomó de la música venida de Inglaterra su beat y su tempo, factores de velocidad y de intensidad.

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Félix Cortés Camarillo 03/02/2014 01:40
Hey Dude

Hey Jude, don’t make it bad

Take a sad song and make it better.

Remember to let her into your heart

Then you can start to make it better.

Hey Jude, Lennon, McCartney, 1968

 

Ayer por la mañana, la cadena de televisión estadunidense CNN emitió un largo y pretencioso documental llamado Los sesenta: cuando los ingleses nos invadieron. Se refiere al cincuentenario de la primera aparición de Los Beatles en la televisión estadunidense, en el programa de entrevistas de Ed Sullivan, que iba a marcar el paso al género de la entrevista en vivo en el estudio, y la posterior transformación que se dio en la sociedad de Estados Unidos.

El error de base es vender la idea de que los cambios sociales, políticos, morales y, no en último lugar, musicales, comenzaron justamente ahí. Ese tipo de transformaciones no ocurren ni por generación espontánea ni a consecuencia de fenómenos aislados, así sean muy espectaculares. Musical y conductualmente hablando, el grupo de Liverpool no se hubiera dado sin el antecedente de Bill Haley, Little Richard y, desde luego, Elvis Presley, de la misma manera que ellos no hubieran existido sin el antecedente del foxtrot, el soul y el jazz. Ciertamente la música, la actitud y la apariencia de Los Beatles fueron un presagio de lo que vendría en la década de los 60, los años en que Norteamérica fue efectivamente invadida. Desde dentro.

La revolución sexual y de adicciones tomó de la música venida de Inglaterra su beat y su tempo, factores de velocidad y de intensidad. Pero su esencia tenía raíces más profundas, como la frustración de una posguerra que no logró aportar a la juventud de Estados Unidos más que frustraciones e ilusiones perdidas que nosotros vimos, en los hippies, la representación escénica, visual, y, en los beatniks, su expresión poética. La revolución sexual de los 70 tiene mucho menos que ver con el consumo de cannabis, que con descomposición expuesta de la doble moral estadunidense y la crisis de valores personales  que antes había protagonizado en la pantalla James Dean.

Cierto, medio siglo después, América, como gusta llamarse Estados Unidos, no podía ser la misma. Con o sin Beatles.

Tomemos el Super Bowl, por ejemplo. Un deporte estadunidense por excelencia nos había acostumbrado a que la Serie Mundial se juega entre los dos mejores equipos de un solo país. Lo mismo pasa hoy con lo que los estadunidenses llaman simplemente futbol.  El Super Tazón es el espectáculo de televisión más visto en el mundo, cuya mayoría desconoce reglas y manera de jugar el dicho deporte, pero no ignora que la transmisión de un anuncio comercial de 30 segundos durante este circo cuesta millones de dólares, precisamente por el número millonario de televidentes.

Lo mismo saben los hombres del  poder, en ejercicio o en su búsqueda. El Presidente Obama mantuvo previo al partido una entrevista con el señor Bill O’Reilly, comentarista de la cadena Fox, a la que este año —en el reparto del pastel mediático— tocaba transmitir el partido.

La cadena Fox es un ariete importante de la derecha estadunidense, y la entrevista fue llevada hábilmente a una implícita descalificación del gobierno Obama, particularmente su reforma a la atención médica y su carácter de beneficiario inmerecido del privilegio de gobernar su país.

Desde luego que no hay imparcialidad ni moralidad en esos medios. ¿Alguien lo dudaba?

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