Jardín de rosas

Se llenan la boca los funcionarios con la convicción de que la inversión extranjera nos pondrá un jardín de rosas donde vivir.

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Félix Cortés Camarillo 31/01/2014 02:12
Jardín de rosas

La compañía FIAT debe su nombre a las iniciales de Fabricca Italiana Automobili Torino, y es la principal empresa de Italia. Pues a partir de ahora será conocida como Fiat Chrysler Automobiles NV, para ser la séptima compañía fabricante de automóviles en el mundo. Su sede será Holanda y su domicilio fiscal será el Reino Unido. Su principal operación seguirá siendo en Italia y en Detroit. Las nada sorpresivas maromas tienen su origen en la consolidación e intercambio de capitales, las ventajas fiscales y los señuelos para los dueños del dinero en el mundo. El caso documenta la vieja verdad de que el capital no tiene patria, aunque a todos sus súbditos suela prometerles un jardín de rosas.

De la misma manera insistente en que el peloncito ese que en la tele trata de convencernos de las bondades de la Reforma Energética —“Infórmate Paquito”— la administración de Peña Nieto quiere hacernos creer que la inversión extranjera, a la que vamos a estar más abiertos a partir de que se aprueben las leyes secundarias de las reformas constitucionales, es la panacea para los males económicos de los mexicanos, que no son pocos. Los males.

Se llenan la boca los funcionarios con la convicción de que la inversión extranjera nos pondrá un jardín de rosas donde vivir. No hace falta ser un estadista experto para entender que los señores del capital no son samaritanos nobles que vayan por el mundo con un costal de dinero para ver en qué lugar pueden causar el mayor bienestar para los lugareños. Los inversionistas están diariamente atentos a las condiciones de los mercados mundiales, con especial atención a los mercados que ofrezcan las mejores condiciones para que el dinero que tienen, al invertirlo en un país, rinda los mejores beneficios. Colateralmente, su acto propicia la activación de los factores económicos al generar empleos, circulante y consumo. Pero el objetivo principal de la inversión, extranjera o doméstica, es que deje dividendos altos.

Admiramos a las economías efectivas del mundo entero. Japón resurgió de una guerra mundial en la que fue vencido y con un territorio reducido, con recursos naturales escasos, es el milagro que todos aplaudimos. Alemania es la contraparte europea. Los países nórdicos siguen teniendo los mejores niveles de vida, limpieza de su hábitat, y respeto a derechos y honestidades. Yo quisiera saber qué inversión de capital extranjero hizo emerger a los japoneses de la posguerra, que pusieron en la órbita mundial la marca Sony. ¿Quién le metió dinero de fuera a la Bayer, Zeiss o la Daimler? No fue la inversión extranjera la que hizo grande a la Ericsson sueca o a la finesa Nokia. ¿De dónde llegó la inversión extranjera que hizo a la Hyundai de Corea del Sur la principal fabricante de barcos, entre otras cosas?

Si vemos la letra chiquita de la historia reciente de esos países admirados, resulta que el secreto de su progreso, desarrollo y bienestar generalizado no fue la inversión extranjera sino el capital propio. Un capital que tiene dos vertientes: el dinero generado por sus habitantes y el esfuerzo, la laboriosidad, la dedicación y la probidad de sus trabajadores.

PepsiCo, Cisco, Nestlé anunciaron en Davos, Suiza, inversiones de miles de millones de dólares en México; inversiones que ya estaban etiquetadas antes del viaje a Suiza. Esas inversiones vendrán, si no es que ya están aquí.

Pero se irán también, cuando nuestro país demuestre que sus tasas de interés bancario, sus políticas laborales, su terrorismo fiscal y su ambiente de inseguridad hagan a México menos atractivo que Brasil, China, Singapur, o el gran gigante dormido de nuestro siglo, África.

Y no va a pasar mucho tiempo.

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