Vendo placer, a los hombres que vienen del bar

Restaurar las piezas valiosas de nuestra producción artística es una obligación política cultural.

COMPARTIR 
Félix Cortés Camarillo 27/01/2014 01:30
Vendo placer, a los hombres que vienen del bar

El sábado me enteré, en el excelente programa Función de Excélsior Televisión, que el próximo viernes habrá una proyección de gala con la remasterizada copia de la película La Mujer del Puerto (Arcady Boytler, 1934). Guadalupe Ferrer, directora de la filmoteca de la UNAM, hizo el anuncio.

Hay varios motivos de regocijo. Uno de ellos sin duda es el rescate de una de las muestras de la consolidación del melodrama como género troncal de la dramaturgia mexicana: de la historia de la mujer cuya vida se arruina por la seducción y el engaño de juventud van a desprenderse películas y telenovelas que han entretenido a generaciones de mexicanos y no mexicanos. Las excelentes actuaciones de Andrea Palma y Domingo Soler, el contrapunto de la secuencia en que conviven la procesión fúnebre del padre de Rosario, la protagonista, con la fiesta del carnaval, o la canción eje, de Manuel Esperón, en la voz de Lina Boytler.

Por encima de todo, lo importante es la recuperación de una pieza valiosa de nuestro patrimonio cultural. Es un proceso costoso la remasterización, cuadro por cuadro, de una pieza cinematográfica, pero vale la pena. Restaurar las piezas valiosas de nuestra producción artística es una obligación política cultural. De manera especial, aunque no exclusivamente con las películas mexicanas. En Monterrey, un estupendo mural de Guillermo Ceniceros se está cayendo a pedazos y muriendo de humedad sin que nadie le preste atención, pero eso es solamente una muestra del proverbial desprecio de los mexicanos por su abundante bagaje cultural.

Hace varios años, el empresario norteamericano Ted Turner dispuso el dinero necesario para remasterizar Casablanca y, como el que paga manda, ordenó que le pusieran colores. Independientemente de ese pueril capricho, es de tomarse en cuenta la decisión de no dejar que el deterioro físico de las copias en plástico se pierdan antes de ser digitalizadas y recuperadas para un lapso mayor, aunque sea técnicamente impredecible con precisión. Nadie pensó en que los materiales de sololoy y la película impresa con nitrato de plata eran no sólo combustibles, sino además explosivos.

El incendio de la Cineteca Nacional en 1982 no fue nunca suficientemente aclarado y seguirá siendo un misterio muy bien guardado; los escasos reportes serios sobre los orígenes, como el de Jorge Ayala Blanco, fueron sofocados con mayor presteza que las llamas que consumieron más de tres mil películas mexicanas, algunos negativos valiosos de Manuel Álvarez Bravo y Juan Orol, dibujos de Eisenstein y Diego Rivera, y otros invaluables. El descuido de estas realidades, unido a la falta de recursos para emprender rescates como el de la película de Boytler, hace esperar que nuestro patrimonio cultural se vea mermado con cada día que pasa: la destrucción ha sido una vocación mayor.

Luego de La Mujer del Puerto vendrá la masterización de una trilogía del cine de la Revolución Mexicana, que incluye Vámonos con Pancho Villa y El Compadre Mendoza. Por ahora solamente es la UNAM la que proporciona placer a los hombres que vienen del bar, porque el placer es la forma más grata de la cultura. Es deseable que su ejemplo se multiplique.

Comparte esta entrada

Comentarios